• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Terreno resbaladizo

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El atentado contra Charlie Hebdo ha provocado reacciones de todo tipo, que van desde la condena sin atenuantes del hecho terrorista hasta el llamado de atención sobre el crecimiento de la islamofobia en Europa, desde la búsqueda de salidas concertadas contra la violencia hasta los matices introducidos por un personaje como Jean-Marie Le Pen. Ahora los ecos del crimen han llegado hasta el trono de san Pedro, en el cual se sienta ahora Francisco, quien ha ofrecido declaraciones susceptibles del más decidido reproche.

Francisco condenó el hecho terrorista y rezó por los periodistas asesinados, pero los motivos que advierte en el suceso lo han llevado a presentar unas precauciones que son harto preocupantes. Metido de lleno en el papel de pontífice romano, se ha atrevido a hablar de limitaciones de la libertad de expresión cuando se toca el espinoso tema de las religiones. A los periodistas, pero también a los ciudadanos en general, les estaría vedada la blasfemia y otras manifestaciones de rechazo enfático de los valores, los preceptos, las representaciones y los objetos religiosos, debido a que tocan fibras íntimas de grandes colectividades que pueden reaccionar de manera violenta contra los blasfemos. Así se puede resumir la posición del papa, frente a la cual un periódico de orientación laica tiene la obligación ineludible de pronunciarse.

En los estados laicos de cuño moderno, desde el siglo XVIII pero sin duda desde el siglo XIX, no existen prohibiciones contra la blasfemia debido a que las leyes protegen la libre expresión del pensamiento que no vulnere los intereses de los particulares, el honor de los ciudadanos o la reputación de las corporaciones. Los pronunciamientos genéricos sobre lo que sienta o pueda sentir una comunidad determinada sobre sus símbolos y sus preferencias están libres de prohibición. Mientras la prensa, por ejemplo, no ataque sin fundamento al obispo fulano de tal, ni exagere en torno a escándalos observados en una basílica determinada (ciudadano y casa de culto que se pueden defender en los tribunales), cuenta con el apoyo de las regulaciones ordinarias para llevar a cabo su trabajo sin trabas.

De manera sorpresiva en la conducta de un pastor que se ha caracterizado por la búsqueda de cambios en el seno de la institución que dirige y por expresar posiciones de indulgencia en temas tan debatidos como el de la homosexualidad, arrima ahora la brasa para su sardina. “Si se meten con mi madre pueden esperar un puñetazo”, afirmó, analogía inadmisible no solo porque va contra los valores de concordia, humildad y tolerancia que pregona el Evangelio, sino también porque invade campos regulados por las leyes de los Estados sobre las cuales no debe pronunciarse el jefe de una iglesia sin llegar a la extralimitación.

“La blasfemia es un derecho sagrado”, dijo hace poco el director adjunto de El País, influyente periódico español. El Nacional es una publicación respetuosa de la fe mayoritaria del pueblo, y de las otras confesiones que funcionan entre nosotros gracias a la existencia de una sociedad tolerante, pero encuentra en las palabras del colega español una aseveración inobjetable. Francisco está pisando un terreno resbaladizo cuya travesía debió evitar.