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EDITORIAL

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Fotos desde Cuba

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Fotos desde Cuba

Tras la más reciente ola de rumores sobre su fallecimiento, que el secretismo y las rutinas propagandísticas de La Habana saben cultivar muy bien, Fidel Castro reapareció en una serie de fotografías y luego en una nota de misceláneas de la sección de Granma que tenía abandonada desde junio porque, según escribió allí: “No es mi papel ocupar las páginas de nuestra prensa, consagrada a otras tareas que requiere el país”.

Esto del secreto, la administración de las imágenes y la constante reescritura de la historia es como para recordar el trabajo interminable que en el Ministerio de la Verdad cumplía Winston Smith, el personaje de la semificción orwelliana. Es, ciertamente, el reflejo de los fines, medios y usos políticos del más rancio totalitarismo soviético: ocultar enfermedades y muertes, retocar fotografías para mejorar la apariencia de unos y desaparecer a otros, alterar o silenciar noticias y hasta capítulos completos de la historia. Es oportuna como ejemplo la foto de Fidel de la que se borró a Carlos Franqui, o también la versión castrista que eliminó por “traidora” la historia republicana de Cuba entre las revoluciones de 1868 y 1959.

La verdad es que Fidel Castro está difuminándose del retrato del poder en Cuba. Esta reciente reaparición con la prensa del día en la mano luce como una suerte de fe de vida, más necesaria para él mismo que para los cubanos o el mundo. Lo mismo parece leerse en su nota del Granma, en la que no resiste la tentación de volver sobre la reescritura de la crisis de octubre de 1962 para presentar su aceptación de la instalación de misiles en Cuba y su actitud durante la crisis como una conducta “éticamente intachable”. Así intenta quitar del relato su reclamo porque se impuso la prudencia de Kruschev y Kennedy quienes, tras consultas y forcejeos, optaron por una salida diplomática para evitar la letal confrontación.

Aunque hoy los recursos para el retoque fotográfico son refinadísimos, es cada vez más difícil pintar grandes éxitos sobre un cuadro de significativos fracasos o borrar evidencias que la desclasificación de archivos deja a la vista.

El heredero del poder, Raúl Castro, ha venido haciendo lo que anunció al suceder a su hermano: garantizar la irreversibilidad del modelo cubano mientras intenta mejorar el desempeño económico. Para lo primero mantiene el férreo control del poder, la presión sobre la disidencia y la ficción de elecciones: indirectas, con candidatos de un solo partido, sin debate alguno, como las municipales de estos días. Para lo segundo ha decidido algunas medidas de flexibilización, como las muy recientes de permitir viajar al exterior sin permiso especial y la de recibir la visita de emigrantes ilegales, ambas rodeadas de condiciones y exigencias. En todas las medidas, algunas de ellas bien recibidas por muchos cubanos, la admisión del encierro impuesto revela la inútil adulteración de la historia y la falsedad de la imagen del “mar de la felicidad”.