• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Ferocidad + Perversión = Cuba

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Una y otra vez, en centenares de sus relatos, las víctimas de la represión a partir del 12 de febrero pasado coinciden: la violencia física y la acción de las armas por uniformados y paramilitares ha estado asociado a prácticas de perversión. Cuando se viola a un detenido con un fusil; cuando se obliga a alguien a ingerir excrementos; cuando se golpea a un estudiante por ejercer su derecho de protestar; cuando se dispara a quemarropa a un ciudadano desarmado e indefenso; cuando se dispara a los edificios de forma indiscriminada sin que exista justificación para ello; cuando se lanzan centenares de bombas lacrimógenas en contra de un recinto educativo; cuando se disparan balas –balas que matan– por la espalda; cuando se utilizan las tanquetas importadas desde China para destruir vehículos estacionados en las calles, hay que preguntarse qué es lo que está pasando, más allá de las realidades más obvias de la violencia represiva.

El análisis de los relatos de las víctimas de estas acciones –que provienen de distintas partes del país y que sugieren conductas programáticas, incitadas y diseñadas– genera interrogantes que se acumulan sobre los funcionarios que no solo han traspasado los límites legales y profesionales de su oficio, sino que parecen haberse despojado de toda consideración, de toda compasión al momento de actuar contra quienes se oponen a seguir viviendo en indignas condiciones de inseguridad y de deterioro de la calidad de vida.

Estas feroces actuaciones no son nuevas. Desde marzo de 2001, cuando la Guardia Nacional reprimió a trabajadores de Pdvsa en Anzoátegui y Zulia, y en Bajo Grande atacó con peinillas y disparos de perdigones, el expediente no ha cesado de crecer. ¿Recuerda el lector el horror de lo ocurrido en Los Semerucos? ¿Alguien ha olvidado que, según la denuncia del general Carlos Alfonzo Martínez, funcionarios de ese cuerpo atacaron la marcha opositora del 11 de abril de 2002 y luego protegieron a los paramilitares que dispararon contra los indefensos? ¿Es posible olvidar las imágenes de espanto de la operación contra un Mohamed Mehri indefenso?

Podrían listarse centenares y centenares de acciones desproporcionadas que han vulnerado, a un mismo tiempo, los cuerpos de los ciudadanos y el marco legal vigente. Pero los hechos posteriores al 12 de febrero muestran que hay algo más turbio: la planificación de la ira. El azuzamiento del odio.

La reacción desproporcionada guarda una estrecha relación con la ira. Lo desmedido forma parte de su lógica profunda. Pero lo esencial es esto: la ira es, con frecuencia, el estallido de lo acumulado. De capas y capas de resentimiento que, como probaron nazis y comunistas, podían activarse para el desmontaje de la oposición y fortalecimiento del propio poder al costo de una violencia más allá de todo límite.

La iracundia puede sistematizarse. Adquirir el estatuto de instrumento de dominación por parte del Estado. A la ira del individuo se corresponde– amplificada por los mecanismos de la propaganda y la manipulación– la ira de la corporación, la ira capaz de hacer confluir la violencia con la insania, la furia con la perversión, la virulencia del pastiche bolivariano mezclado con la saña estructural del castrismo, con el que se pretende doblegar la voluntad democrática de los venezolanos.

Las revueltas conocidas como las jacqueries en el Medioevo; los extremos cometidos en la toma de la Bastilla; o el famoso asalto al Palacio de Invierno (San Petersburgo) en el fatídico año de 1917 son, de algún modo, antecedentes de la furia programática, del odio inducido, del contagio enfermizo, resultado del adoctrinamiento que sectores militares han recibido de cubanos y de sus representantes en Venezuela.