• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Fantasmas de la revolución

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Ya se están perfilando con claridad los planes que el Presidente de la República tiene reservados para las gobernaciones de estado, y para los gobernadores, incluso. Los gobernadores amigos. En primer lugar, conviene aceptar que no desaparecerán sino que seguirán funcionando porque así está consagrado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, y sería inimaginable que sean borradas del mapa. Hay otra manera de llegar a los mismos fines, sin ir tan lejos y sobre todo, preservando el "orden legal".

Decimos que se está perfilando el futuro de las entidades regionales porque ya es evidente que uno de sus fundamentos comienza a profundizarse, a hacerse más radical y más evidente, antes de las elecciones del 16 de diciembre. Sus presupuestos serán reducidos, de acuerdo con denuncias de buena fuente, de manera sustancial. Y esto, para comenzar, pues de ahí en adelante lo que se puede prever es que los recursos que constitucionalmente deben asignarse a las regiones se orienten de manera diferente, o sea, por vías diferentes a las gobernaciones. De este modo, las gobernaciones y los gobernadores estarán ahí, se respetará la Constitución teóricamente, pero el propósito de reducirlas a la mínima expresión irá avanzando sin pausa.

No es práctica nueva el manejo irregular de los presupuestos de las gobernaciones, fue puesto en vigencia en los últimos años, y no valieron ni quejas ni reclamos de los afectados. Según buen número de gobernadores, incluidos de la corriente oficial, no recibieron sus asignaciones como la ley lo dispone. A los otros, la receta se les administró como castigo. Como parte del tira y encoge en que hemos pasado estos catorce años, con un gran perdedor detrás de la batalla, el pueblo venezolano.

A estas alturas, nadie está en capacidad de establecer cuánto debe el poder central a las regiones, y cuál es la situación real de las cuentas. Sucede algo parecido con las universidades. Nunca se habla en lenguaje administrativo y profesional, sino en el de la confrontación permanente, en una guerra en que la administración de los recursos se convierte en arma de gran eficacia. La burocracia del Estado perdió su antigua tradición de profesionales para ser suplantados por guerreros. Así un país no puede marchar, o si marcha, lo hace en sentido contrario. Así todos marchamos para atrás.

Hablar de esta manera implica el riesgo de las lamentaciones inútiles. Veamos. El Consejo Federal pudo ser la instancia indicada para dirimir todos estos asuntos de las gobernaciones, era el lugar para poner las cosas en claro. Pero nunca funcionó. No se permitió desde Miraflores que funcionara. Tan sencillo como esto. También el Consejo de Estado que se consagra en la Constitución fue condenado a convertirse en fantasma. En un fantasma epiléptico. Si las gobernaciones tienen esa piedra al cuello, también la tendrá el Consejo de Estado que se ha convertido en entelequia.