• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Falsa historia de un secuestro

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La semana pasada una magnífica exposición del artista venezolano Juan Toro recogía para la chamuscada memoria de estos años tristes, un escalofriante testimonio de cómo los productos más representativos de la mítica “cesta básica” habían desaparecido de la vista de los ciudadanos, especialmente de aquellos hogares humildes y de menores recursos.

El arte de desaparecer los objetos es un dominio privilegiado para los magos y, desde luego, para los ladrones de oficio. Los primeros, por lo general, devuelven los objetos a la vida real casi de inmediato, los segundos en cambio los secuestran para siempre, o más bien los expropian y los ingresan a su cuenta personal, sin el menor rubor y sin que les tiemble el pulso, al menos hasta ese preciso momento en que pierden el poder y sus oponentes, a toda prisa, airean sus facturas acumuladas y conminan al pago inmediato de lo adeudado.

Es ese asqueroso momento, que ciertos estudiosos de la medicina han dado en llamar la rebelión de los esfínteres, en que los gritones y los líderes desafiantes del momento terminan mojados y ensuciados a causa de la pérdida de control físico que motiva la cobardía. Desde luego que, para que ello ocurra, se necesita el valor y templanza de un fotógrafo que sale a la calle y valientemente retrata esos objetos perdidos, los atesora en la memoria de su cámara y los guarda y protege del olvido.

Pero todo tiene su contraparte. Siempre habrá un capitán que bautice esos productos expropiados como simples y usuales “secuestros” de parte de los paramilitares o de Estados Unidos y su tenebrosa DEA. Siendo un militar tan informado y con abundante experiencia en esos temas peligrosos, hay que tomarle la palabra y rendirse ante la evidencia de su pragmática sabiduría. Es cierto, señor capitán, no están presos, no están desaparecidos. La verdad es más terrible, como bien lo saben tantos ciudadanos que han sufrido tan traumática experiencia: ¡los sobrinos están secuestrados!

Y lo que es peor, secuestrados por una potencia extranjera que tiene fama de ser implacable y malintencionada, y que además los acusa injustamente de un grave delito que, a todas luces, no cuadra con la vida sensata y frugal de estos muchachos, que si alguna vez se montaron en un avión fue solo para visitar a sus tíos, pedir a coro la bendición y conocer el río Guaire que su madrina Jacqueline había transformado en cristalinas aguas, propias de una sagrada pila bautismal.

La de estos muchachotes es un alma tan pura que no fueron a visitar la exposición Desaparecidos, en la cual este señor Toro (¿tendrá algo que ver con la tauromaquia, vicio de la ultraderecha?) muestra unas bolsas de Harina Pan y unos litros de aceite para freír las cabezas de unos adecos, como prometía mi excelso líder. Hasta fotos de papel tualé, leche y jabón. ¿Qué le pueden ver a eso, si en nuestras casas nunca ha faltado nada?

Somos gente decente que quería llevar la palabra de Dios al sufrido pueblo de Haití, pero la tenebrosa DEA nos secuestró. Amén.