• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Evocación del jabón

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En los tiempos modernos y debido al pellejo de Luis XIV, el jabón se consideró como asunto de Estado. El Rey Sol se acostumbró a las pastillas de aseo que le suministraban dos proveedores de su confianza, hasta cuando empezó a notar ciertas asperezas en la piel. Lo iban a retratar y el pintor prefirió aplazar el trabajo porque observó ciertas ronchas en el modelo, a  quien aconsejó una revisión médica que después permitiera la elaboración de un óleo fiel de un famoso personaje que no debía aparecer maltrecho ante los espectadores de la corte.

Las ronchas eran culpa del jabón, diagnosticaron los facultativos, para que el soberano entrara en cólera y ordenara la ejecución de los fabricantes que habían hecho mal su trabajo. Desde entonces se estableció una vigilancia más estricta, mediante visitas a la real fábrica y a otros negocios de expendio. Cuando ascendió al trono de España, su bisnieto Felipe V recordó el episodio y recomendó a sus ministros una atención que evitara la repetición de un episodio tan desagradable.

Ya los faraones se habían preocupado por la difícil materia, mediante la creación de un equipo de fiscales que garantizaran la circulación de un producto garantizado, no solo en palacio sino también en las residencias de los vasallos pudientes que no podían circular con suciedad y malos olores por las calles del imperio.

Consta en numerosos jeroglíficos el empeño puesto entonces por la búsqueda de un producto que, en la medida de lo posible, imitara la calidad lograda por los sumerios en materia de aseo personal, pero también en materiales dedicados a la limpieza de la vestimenta. Los fiscales llegaron entonces a recomendar la manera de hacer jabón iniciada por los sirios, que trabajaban el aceite de oliva y el laurel para lograr productos de notable refinación.

El cuidado por la fabricación de jabón se establece con pie firme en España hacia finales del siglo X, concretamente en Andalucía, durante la dominación de los árabes. Bajo el control del califato de Córdoba se crearon unas fábricas llamadas almonas, que no solo atendieron las necesidades de aseo de los súbditos musulmanes sino también de los infieles del contorno, a quienes les costó no poco trabajo,  por cierto, acostumbrarse al rito del aseo personal que no formaba parte de sus hábitos.

Sea como fuere, las almonas tuvieron gran éxito, debido a que perfeccionaron la manufactura con el agregado de finas esencias del lugar, y llegaron a importar el producto a Inglaterra. Se comenzó entonces a popularizar un género denominado Jabón de Castilla. Se dice que, aficionado al olor de las esencias producidas en España, Enrique VIII de Inglaterra se enamoró perdidamente de Ana Bolena por el olor de su cuerpo bañado con esencias castellanas.

En 1575 los españoles fundaron una almona en México, para que el jabón comenzara a reinar entre nosotros. Por ese camino llegó a Venezuela, según antiguos cronistas. De cómo desapareció de nuestras vidas nos ocuparemos en otra oportunidad, cuando el mal olor nos obligue a estudios más profundos.