• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Espejo roto

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Denunciábamos ayer que el canciller Jaua recorría con suerte incierta las capitales de algunos socios de Unasur. Cargaba una selección papeles y argumentos inútiles para ocultar la represión militar y paramilitar evidenciada en las fotos, los videos y testimonios que recorren el mundo, publicaciones digitales y redes sociales, superando los bloqueos y censuras impuestos en Venezuela.

Roy Chaderton en la OEA hace lo indecible para evitar que en ese foro se vuelva a ventilar la situación de Venezuela porque, al paso de los días, van quedando menos gobiernos dispuestos a darle el beneficio de la duda. No se trata solo de Canadá y Estados Unidos, que fueron el gran pretexto para fundar la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. En la insistencia de mantener el tema en las fronteras de la Unasur se trasluce que el gobierno ya no cuenta con una defensa activa de los socios de Petrocaribe, salvo Nicaragua y Cuba.

Desde Miraflores se convoca un diálogo dirigido por el gobierno para construir una peculiar paz, decretada por quienes han alentado la violencia, los disparos y las torturas. Pero de nada vale: una cosa es que varios gobiernos vecinos privilegien, de un modo por cierto muy selectivo, el principio de no intervención y otra que estén dispuestos a darle lustre al espejo de felicidad y progreso en que el modelo chavista quiso que se le viera en el mundo.
Sobre la interpretación selectiva del principio de no intervención, quedarán para la historia los apoyos que de modo afirmativo o en medio de la ambigüedad de llamamientos a la paz, dieron varios presidentes latinoamericanos a las desgastadas tesis conspirativas del gobierno venezolano.

Desde ya ha quedado escrito el abandono regional a las responsabilidades de protección de los derechos humanos. Abandono que ha sido un dejar hacer, dejar pasar, equivalente a una intervención que, por omisión, consagra entre los presidentes una suerte de hoy por ti, mañana por mí.

Esa primitiva forma de entenderse entre presidentes ha encontrado sus límites, porque no hay sordina que valga para los medios de comunicación, para respetables organizaciones y foros internacionales, para acreditadas ONG defensoras de los derechos humanos, para los ciudadanos del mundo y sus redes sociales.
Hace apenas un mes, en La Habana, ya se notaba que en el encuentro de la Celac Maduro tenía un muy bajo perfil entre sus colegas. Se empeñaban ellos en mostrar cómo esa cita tenía un renovado espíritu regional de diálogo y concertación, de respeto a la diversidad y propósito de fortalecer la democracia y los derechos humanos.

Hoy el gobierno rompe también ese espejo, espejismo más bien, y no precisamente con piedras. Aparte de la Alba -la injerencista Cuba sin duda, por ahora- Venezuela no es buen compañero de viaje para otros presidentes, por las consecuencias que el descalabro venezolano pueda traerles.