• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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España en su encrucijada

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A los latinoamericanos les resulta difícil comprender la realidad política de la España de hoy, quizás porque desde este continente siempre se ha mirado hacia ese país como un todo, una referencia histórica que desde afuera nos une rotundamente. Nos duele que poco a poco han ido apareciendo los fragmentos fanatizados que, como fantasmas del pasado, presagian duras batallas inmerecidas para una nación ya maltratada años atrás por la ira de algunos. 
A quienes les entusiasma el fin del bipartidismo olvidan que desde la muerte de Franco nunca hubo tanta libertad para la política como la que existe ahora en esta España de múltiples pedazos. Partidos grandes, pequeños, de alcance regional o local, movimientos para mejorar la calidad de vida o rescatar sus lenguas asfixiadas por el franquismo.

Pocos latinoamericanos pueden olvidar la sorpresa que recibían al desembarcar en España y encontrarse con un país escasamente modernizado. Hoy se le puede criticar todo al bipartidismo español, pero jamás se le puede despojar de su valentía histórica y política para elevar a España a una posición relevante en Europa y en el mundo. 

Pasó de ser un cementerio de partidos prehistóricos a una democracia moderna, abierta y tolerante, al punto de que hoy en su seno nacen y crecen corrientes políticas que son claramente contrarias al bipartidismo y no ocultan sus intenciones de protagonizar hegemónicamente el escenario político.  
Nada de esto hubiera sido posible sin la presencia incesante y aguerrida de líderes como el socialista Felipe González o el conservador  José María Aznar, sin olvidar desde luego a Adolfo Suárez como protagonista primerísimo de la transición.
Hoy se pretende enlodar toda esta historia reciente olvidando las grandes dificultades surgidas del combate al terrorismo y las tormentas económicas que España ha tenido que capear desde que la democracia recobró su lugar en ese país. Suárez, González o Aznar han aguantado lo suyo, pero no ha sido fácil para ninguno de ellos.

Cuando Mariano Rajoy asumió la presidencia había mar de leva no solo en las costas españolas, sino en toda Europa. Un análisis descarnado de la situación conducía a una fácil predicción: aplicar un paquete de duras medidas de ajustes para reorientar el modelo y evitar el naufragio económico era, a no dudarlo, un suicidio electoral.

Rajoy lo sabía pero aceptó el reto sabiendo que iba a quedar muy maltrecho en medio del camino; sin embargo, para su tranquilidad, obtuvo una apreciable zona para negociar y ganar oxígeno. El tiempo es hoy su mejor aliado. Desde este punto de vista los resultados del 20 de diciembre pueden ser valorados más allá del rompecabezas de alianzas que inquieta los actuales momentos. 
El líder del PP tendrá que lidiar con las fuerzas emergentes que, por los vientos que soplan o gritan los nuevos “vengadores sociales”, van a por todo, en especial por la reforma de la Constitución. Sobre este punto no se debe ceder porque sería colocarse la soga alrededor del cuello.