• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Escasez de hostias

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Al cumplir apenas doce meses de su llegada al poder, la acumulación de índices negativos ha alcanzado cifras sin precedentes que señalan que el de Maduro es el gobierno con el peor inicio de gestión del que se tenga memoria. Y vaya que hemos tenido gobiernos no sólo malos sino malísimos, pero que se estrenaron con una esperanza.

Pero cuando el venezolano revisa las cifras oficiales choca de frente con una inflación de 74% en el renglón de los alimentos y lo mismo pasa cuando se entera que 45 % de la población activa trabaja en el sector informal de la economía entonces se les cae la venda de los ojos y se da cuenta que Venezuela involuciona hacia el tercermundismo.

Y es que el destino de la nación está más que cantado en virtud de la actual ideología dominante que se balancea entre el socialismo duro y el rotundo comunismo cubano. Esta mezcla ideológica propaga y difunde la especie de que “la religión es el opio de los pueblos”. De la misma manera que hoy, según Pdvsa, el petróleo es el opio de los chinos.
En Venezuela sabemos que en los países donde se impuso el comunismo terminaron siendo sociedades marcadas por el fracaso y la represión, y se propició la persecución de los judíos y de las minorías como el pueblo gitano.

Igual suerte corrieron los sacerdotes y los feligreses cristianos y se produjo la clausura y el saqueo de los templos. Quienes profesaban la religión cristiana fueron tratados como agentes extranjeros y las iglesias calificadas de refugios del oscurantismo.

No sorprende, por tanto que en Venezuela cuya devoción se evidencia en las multitudinaria concentraciones que concitan los festejos de la Divina Pastora, la Chinita, la Virgen del Valle o la Coromoto, así como la masiva asistencia a las ceremonias de la Semana Mayor, al régimen rojo rojito le importe muy poco el que la escasez de harina de trigo impida a los creyentes comulgar como es debido.

Como no hay harina, no hay hostias así de sencillo; escasea de modo alarmante el símbolo de la transubstanciación de la carne que hace de la eucaristía un acto sublime; un encuentro íntimo y personal entre Dios y quien recibe en sí su gracia.

Esa manifestación de fe está siendo vulnerada por mandones de creencias, si no paganas o exóticas, al menos sincréticas. A la hora de confesar sus innumerables y gravísimos pecados no encomiendan su alma a San Hugo de Sabaneta sino al Supremo Hacedor.

En nuestro país es clara la separación entre iglesia y estado; pero esa separación no debe impedir que éste vele por las necesidades de aquélla cuando las mismas se relacionan con la paz espiritual de los gobernados, sobre todo en estos cruciales momentos cuando los rojos piden diálogo, más para confundir que para esclarecer, pero lo piden y obtienen la intermediación del Nuncio Apostólico, es decir el embajador del Vaticano, que se los facilita como es su deber.
Auxiliar, por tanto, a la iglesia para que pueda cumplir con el tercer sacramento es un acto de reciprocidad con quienes buscan aliviar la epidemia de odio que aqueja, material y espiritualmente, a la República.

Habría que recordar, antes de dar por finiquitado este asunto, que la elaboración de hostias es una actividad de la que participan no sólo piadosos panificadores autorizados, sino laboriosas monjas que derivan de ella modestos beneficios que contribuyen a su manutención y a las obras de caridad que dan sentido a su vida monástica.
 
Esto deberían tenerlo en cuenta los aprendices de pulpero que fungen de economistas en un gabinete cuyo jefe, por cierto, ha ordenado repartir “hostias”, de las que duelen, entre quienes le son adversos. Para finalizar podríamos asegurar que si Maduro y sus acólitos actuasen como es debido, eso sí que sería la hostia.