• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Enterrados vivos

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“Las primeras noches allí, es imposible dormir, aparte del frío mordisco de los grillos, las cucarachas, las chinches, el aire irrespirable, el desaseo con todas sus penas, el hambre con todas sus exasperaciones…”. Estás pocas líneas bastan para hacerse una idea de lo que era La Rotunda, prisión donde estuvo recluido quien las escribiera, José Rafael Pocaterra (Memorias de un venezolano de la decadencia), tal vez pensado que, al describir el emblema de la opresión gomecista, contribuiría a que en el futuro no se repitiese semejante ignominia.

Desafortunadamente, no ha sido así: con una larga sucesión de siniestros lugares de cautiverio -el castillo de Puerto Cabello, el Obispo, la Modelo, el Retén de Catia, Ramo Verde, Fuerte Tiuna- se ha forjado una inicua historia de la represión, cuyo más reciente hito lo constituyen esas “siete celdas de tortura en el corazón de Caracas” (así las define el diario español ABC) a las que se ha dado en llamar “La Tumba”, adecuado apelativo para esas ergástulas donde son sepultados en vida, para apagar las voces de quienes tienen legítimo derecho de oponerse a un gobierno.

Las mazmorras del Sebin están situadas en Plaza Venezuela, cinco pisos debajo de la superficie, donde la atmósfera es enrarecida y las sombras no hacen más tenebroso el ambiente porque lo carceleros se encargan de mantener encendidas las luces permanentemente, una modalidad de tortura aplicada por las dictaduras militares del cono sur. Además, colocan en su grado más bajo el aire acondicionado para que arrecie el frío, y suben a todo dar el volumen de las grabaciones con discursos del inmarcesible comandante galáctico.

Y esto les pasa por andar sublevados por esas calles, conspirando con la oligarquía y el imperialismo y dando gritos y sacudiendo trapos que no son rojos y pancartas contrarias a quien nos echa de comer. Ese, más o menos, debe ser el invertebrado discurso de unos celadores que se ceban contra los reclusos y hacen mofa de sus familiares.

Esa vergonzosa afrenta a la libertad, al debido proceso y a todos los avales constitucionales que garantizan la dignidad de las personas y proscriben los malos tratos a presos, sin distinguir si son comunes o políticos, fue revelada por el ex presidente de Colombia, Andrés Pastrana, a raíz de su intención -frustrada por los esbirros de Maduro & Cía- de dispensar una visita a Leopoldo López.

Esta información desplegada por el ya mencionado periódico español, en la que se da cuenta de que “en el sótano quinto se hallan recluidos desde hace más de cinco meses tres estudiantes: Lorent Saleh, Gabriel Valles y Gerardo Carrero, por protestar contra el gobierno de Maduro”.

Para mayor inri, estos muertos vivientes, a los que se ha vestido con un uniforme caqui, ¿acaso mortajas color marrón?, han padecido de diarreas, fiebres, vómitos, pero temen -como temía Pocaterra- ingerir medicamentos recetados por galenos al servicio de los carceleros. ¿Cómo puede Maduro hablar de ética y consentir tales ultrajes?