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EDITORIAL

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Ensayo catalán

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"Catalán, de la piedra saca pan", dice un antiguo adagio que refiere al esfuerzo sostenido de una comunidad para lograr sus propósitos. Debido a un rasgo propio de los habitantes de la Generalitat, manifestado a través de la historia, marchan sin pausa hacia objetivos concretos que llegan a convertirse en realidad. Sobre esa característica llama la atención el refrán, y viene a cuento debido a la realización del referendo soberanista, o del intento de referendo, sucedido el pasado domingo y llamado a reafirmar esa condición de panaderos de su propia levadura que han querido exhibir la catalanidad ante el resto de los españoles y ante otras latitudes, especialmente ante la cercana y preocupada Unión Europea.

Sacar el pan del horno tiene sus problemas, no obstante, debido a que no solo depende de los nativos cocineros sino también de una receta suscrita antes por todos los españoles, que solo permite que los productos salgan del horno partiendo de ciertas limitaciones que no los conviertan en producto exótico. Hay un solo gran horno peninsular, de acuerdo con la Constitución, y ese horno no se puede parcelar partiendo del interés de un elenco de cocineros que quiere hacer un menú con la exclusividad de los ingredientes oriundos. La ³denominación de origen² no es en este caso asunto de coser y cantar en los fogones, sino algo más complicado.

Pero no hay duda de que esos veteranos marmitones de Barcelona, Tarragona, Gerona  y  otros infiernillos célebres por su calidad, tienen una tradición a la cual acudir y a la que han apelado hace un par de días. No les falta razón cuando aseguran que se saben la receta desde la antigüedad, sin necesidad de que desde afuera les vengan a mover el caldo. No les falta razón cuando se remiten a una historia y a una sensibilidad que los diferencia del resto de los habitantes de la península y, en sentido político, de los intereses del gobierno central. De allí lo intrincado del rompecabezas que ha significado la realización de la consulta soberanista que se viene comentando.

¿Cuáles son, en esencia, los problemas de los entusiastas de la catalanidad?

La existencia de un pacto previo, suscrito en congreso por todas las comunidades españolas, ya mencionado. La ilegalidad del procedimiento llevado a cabo, manifestada por unanimidad por el Tribunal Constitucional.

La necesidad de mirar a los intereses de la nación, independientemente de sentimientos y necesidades localistas. Las prevenciones de la comunidad europea, cuya fragilidad hace temer por el fortalecimiento de los fraccionalismos. Y, lo más importante, probar que, en efecto, la mayoría de los catalanes quiere sin vacilación formar tienda aparte. Los números del referéndum no apuntan hacia esa dirección, aunque no han dejado de proclamar la existencia de una firme sensibilidad independentista que debe atenderse en lo inmediato.

El gobierno central ha dejado hacer. Ha movido los hilos con una parsimonia que demuestra inseguridad en el manejo de una realidad excesivamente espinosa. Los dos grandes partidos han manejado una retórica cuyo objetivo ha  consistido en evitar una confrontación abierta. Algo parecido ha sucedido en el resto de las regiones, tal vez con la excepción del País Vasco en el cual también florece el árbol de una frondosa peculiaridad. ¿Qué hacer, entonces, ante el rompecabezas? Lo que dicen los principales diarios de España: no tenerle miedo a la candela, dialogar hasta el cansancio con los cocineros soberanistas, dar la cara con seriedad en las Cortes, atender los clamores de la opinión pública, después de un sondeo cabal que no se ha hecho y que puede encontrar desembocaduras equilibradas.