• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Engaño de emergencia

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Al señor Maduro no le ha quedado otra opción que asistir mansamente a la sede de la Asamblea Nacional para presentar un rosario de lágrimas de cocodrilo que toda Venezuela se sabe de memoria. Si algo no se le puede negar a Nicolás es la imaginación infinita de sus colaboradores para sembrar mentiras cuando le llega el momento de exponer “algunas ideas” sobre su gestión de gobierno.

Cierto es que resulta una proeza materializar el vacío, o mejor dicho, el desierto que recorre el paso por el poder del señor Maduro. Se puede caminar semanas, meses, años enteros y en la ruta el explorador no da crédito a su asombro: todo permanece virgen como el primer día de la creación. ¿Ha construido este señor algo diferente a lo que ya estaba hecho? ¿En qué ha perdido el tiempo? ¿A qué cuestiones extraterrestres dedica sus horas libres?

El gran misterio surge como una gran pregunta cuya respuesta buena parte de los venezolanos sueñan con saber y disfrutar, es decir, ser escogido para un trabajo en el cual ¡No se trabaja! Y, por si fuera poco, pagan bien, se viaja al exterior, se conoce gente, se puede comprar regalos y traer recuerdos para la familia y los amigos.

Claro, todo tiene su precio. Al regresar se debe echar a volar la imaginación y ficcionar con lujo de detalles las conversaciones con el rey de Arabia Saudita, con Vladimir Putin, con Fidel y Raúl, con Cristina Kichner, el pícaro de Lula y el taimado de Pepe Mujica, que es tan avaro que dice no tener dinero para no dejar herencia.

Pero, dice Nicolás, no todo es felicidad en esta vida. Ahora aparece la oposición y conquista la Asamblea Nacional a pesar de que Diosdedo me juró, por el ánima bendita de Pablito Escobar, que ganaríamos de calle. Y hoy por su culpa tengo la obligación de pedirle la bendición, delante de todo el mundo, nada menos que al adeco Henry Ramos Allup. Menuda humillación.

Confieso que sabía que a la primerísima combatiente la iban a agarrar de sopa los diputados y los periodistas. Las trampas de Diosdedo y los insultos de Pedro Carreño terminarían cayendo sobre mí, como un bumerang, y que el decreto de Estado de Emergencia Económica, preparado a trancas y barrancas por unos improvisados, me convertirían en el hazmerreír de la opinión pública porque les recuerda “el paquete económico de CAP”. Dios nos libre de otro Caracazo.

Hoy me pregunto, no sin cierta malicia, por qué en el texto del decreto de emergencia los redactores se empeñaron en recordar y enumerar prolijamente todas mis promesas incumplidas, las metas que anuncié y no logré hacer realidad, la debilidad raquítica del bolívar fuerte, el boicot que le hice a la industria de alimentos al impedir que importara insumos para poder producir más comida para el pueblo.

¿Qué necesidad había de mencionar en el decreto la falta de medicinas? ¿O que en los puertos y las aduanas se eliminarían los trámites oficiales para agilizar las importaciones cuando todos saben que, quiérase o no, hay que bajarse de la mula con los funcionarios rojitos?