• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Empezó la ofensiva roja

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“Las ideas son más poderosas que las armas. Nosotros no dejamos que nuestros enemigos tengan armas, ¿por qué dejaríamos que tuvieran ideas?” Estas palabras se las endilgan al supremo asesino Stalin, sin especificar cuándo, dónde y en qué circunstancias las pronunció. Lo cierto es que los documentos históricos indican que fueron millones las víctimas del terror rojo.

Poco importa, porque ellas cuadran con la índole de un sujeto cuyo poder se cimentaba en el miedo, de modo que la suya era una nación subyugada por el terror, donde hasta una mirada o una sonrisa a destiempo podían conducir al paredón.

Afortunadamente, en Venezuela no existe la pena capital -aunque sí existe licencia para matar-, por eso, al chavismo le ha resultado tan cuesta arriba someter a la creciente mayoría del país que lo adversa. Sin embargo, ello no impide que sus operadores políticos desarrollen mecanismos de persecución y hostigamiento para arrojar sospechas entre aquellos que discrepan y colocarlos en la mira de un aparato de control ciudadano gestionado directamente por quien detenta la presidencia de la República: así lo establece el Reglamento Orgánico de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (decreto 1605), publicado el 10 de febrero de 2015.

Colocar los órganos de contrainteligencia al servicio exclusivo de un orwelliano “gran hermano” pone de bulto los temores, talante autoritario y manía persecutoria de Nicolás Maduro; pero, lo alarmante es que ese reglamento, si duda inconstitucional, precisa sin ambages que la DGCM tiene la misión de “conducir, coordinar y ejecutar las actividades tendientes al descubrimiento, prevención y corte de la actividad enemiga”.

¿Qué se entiende por actividad enemiga?, se preguntará, con sobrada razón, más de un angustiado lector. Y es una pregunta muy pertinente, pues, como apunta la Asociación Civil Control Ciudadano por boca de su presidenta, Rocío San Miguel, “la actividad enemiga como objeto de persecución de la Dirección General de Contrainteligencia Militar es una acepción imprecisa y peligrosa que puede llegar a abarcar la actividad de la disidencia y oposición política en Venezuela. ‘Enemigos’ de la República solo pueden existir en caso de guerra”.

“No voy a ser débil en contra de los que conspiran con el país, menos con los fascistas”, proclamó Maduro a raíz de la detención violenta y, por ironía, llevada a cabo al estilo fascista contrario al espíritu democrático que guía al alcalde Ledezma, electo por el voto popular.

Enemigos, no opositores, son los no alineados con un gobierno que aceita su maquinaria y métodos de sojuzgamiento en la misma medida que aumenta el descontento, en una desigual confrontación que, a la corta o a la larga, se resolverá a favor de esa mayoría democrática a la que se pretende intimidar para que se inhiba de inclinarse hacia una opción política desvinculada de obsoletos fardos ideológicos que impidan el desarrollo de la sociedad y la realización, en libertad, del individuo.