• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Emparan emparamado

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El 19 de abril, último día del mega puente decretado por el gobierno para institucionalizar el ocio como motor de la producción, los medios comunicaban que, de acuerdo con sondeos realizados por diversas encuestadoras, la aceptación de Maduro alcanzaba un magro 15%, lo cual significa que 85 de cada 100 venezolanos quiere que el ungido tome las de Villadiego y se largue con su música a otra parte.

Prueba fehaciente de que la opinática acierta fue su patética aparición en la plaza Bolívar en una insufrible parodia de cabildo abierto, en la que, cual Emparan emparamado, fue repudiado por buena parte del exiguo auditorio.

“Este sujeto no solo es el peor gobernante de la historia de nuestra Venezuela sino además una pésima imitación. Vamos a ver ahora cuántos días deja de trabajar por haberse mojado”, expresó el gobernador de Miranda, Henrique Capriles, en su cuenta de Twitter. Como él, millares de compatriotas reprobaron el pésimo remedo que de las prácticas sadomasoquistas del eterno e inmarcesible comandante intentó, sin éxito, Nicolás, quien, a medida que pasan los días, acelera su pérdida de calle, reputación y respeto.

Cuando los grises nubarrones que encapotaron del cielo capitalino comenzaron a diluviar sobre las cabezas del jefecillo y sus pocos seguidores, éste intentó sacar ventaja de la situación arguyendo que se trataba de “agua bendita” –por los estragos causados, no parecía muy consagrada– para luego exigirle a quienes, sin nada mejor que hacer, se acercaron a la Plaza Mayor que permanecieran en sus sitios (¡camaradas, de aquí no se mueve nadie!), pero la desbandada no se hizo esperar y el ridículo fue mayúsculo.

“¡Los traicionó el subconsciente!”, pudo leerse en uno de los portales informativos más visitado de Internet. Otro de eso concurridos websites condensaba de esta guisa lo acaecido: “El régimen de Nicolás Maduro sumó otra pena durante el acto en conmemoración del 19 de Abril, cuando los asistentes a la marcha que, se supone, son chavistas de corazón, entonaron en conjunto: ¡Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer!”. Y podríamos sumar por decenas de millares los mensajes de similar tenor difundidos por las redes sociales.

No se necesita ni de agudeza extrema ni de exhaustivos análisis para darse cuenta de que, a estas alturas del partido, a Maduro no lo quiere ni el manager de su equipo, sea éste quién sea, un milico apostado en Fuerte Tiuna o un cubano con cuestiones más trascendentes que atender; sí, lo que está a la vista, reza el refrán, no necesita anteojos: Maduro va a caer, tendrá que irse y más vale que lo haga por las buenas, evitándole un mal trago al país.
Porque su arrogancia que, en algún momento, podía parecer cómica, quizás derive en una funesta y sangrienta tragedia. De lo que afirmamos está consciente el generalato que aún se aferra a Maduro como tabla de salvación de sus negocios. De allí tanta preparación para enfrentar una contingencia que el padrino y el partido consideran inevitable.