• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Embajador a juro

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El Gobierno de Venezuela quiere una señal positiva desde Washington para superar los “pleitos provocados” y mejorar las relaciones diplomáticas. Una manera de mostrar esa apertura sería que acepte como embajador ante la Casa Blanca a quien ha mantenido en esa capital en calidad de encargado de negocios (algo que Arveláiz “sí sabe hacer”) desde hace más de un año. Maduro llevó el tema a la Cumbre de las Américas y señaló el atropello de Washington al no aceptar a su polluelo a quien, por cierto, citó con nombre y apellido.

La señora Jacobson dijo esta semana que la relación con Arveláiz ha sido positiva. “Es una persona con quien tenemos un diálogo fructífero, pero no sé sí estamos preparados para aceptarlo como embajador. Queremos seguir dialogando y discutiendo las cosas en las que podemos cooperar o avanzar”.

Es sorprendente que el tema de la permanencia de un funcionario acreditado se convierta en ficha de negociación como si en la diplomacia el personaje que representa a un Estado fuera la clave de una buena relación. La aceptación de un embajador es potestad del país receptor, que además no está obligado a dar explicaciones sobre las razones por las cuales no acepta a un designado en particular.

Maduro insiste en que debe ser ese y Washington se refiere en términos positivos a su gestión, razón por la cual los estudiosos de las relaciones diplomáticas deben estar desempolvando sus manuales para ver en dónde encaja tamaña distinción. Ese debe ser “mi hombre en Washington”, diría el escritor Graham Green.

De acuerdo con la praxis y tradición, desde el momento en que Obama rechazó conceder el beneplácito al no responder en un tiempo prudencial su designación como embajador, Venezuela debió haberlo retirado. Es además un tema más de fondo que de forma según las normas que rigen las relaciones entre los Estados. Por el contrario, Maduro insistió y lo mandó por la puerta de atrás como encargado de la misión. Ello tampoco es de estilo.

Es raro ese reconocimiento del Departamento de Estado cuando bien se sabe que ningún trabajo positivo puede entablarse en Washington mientras que en Caracas se mantiene una línea agresiva y de conflicto con la capital estadounidense. En las relaciones internacionales los funcionarios actúan de acuerdo con las instrucciones de su cancillería y no con agenda propia.

“Monsieur” Arveláiz no es un diplomático de carrera sino “a la carrera” y es apoyado por la actual canciller sobre la base de su empeño en desmontar la Cancillería profesional que existía. No fueron pocos los diplomáticos víctimas de la política de “apartheid” que aplicaron en aras de imponer la sumisión rojita.

Parece difícil que el funcionario venezolano pueda aportar algo para generar un clima de comprensión entre los dos países cuando es recordado, además, por su obsesión antiimperialista y haber sido ficha de la diplomacia paralela de Chávez como facilitador en el Foro de Sao Paulo y de emisario ante grupos radicales y de extrema izquierda.