• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¡Elemental!, Watson

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Desde el momento en que el supremo y para siempre comandante dijo adiós, los jerarcas de la revolución han tratado de mil maneras de modificar lo que saben no fue un final glorioso, sino un ordinario fallecimiento causado por una enfermedad de difícil tratamiento y curación, sobre todo cuando el enfermo, por razones políticas, no es puesto en manos de quienes más saben del mal que lo aqueja, sino de aliados duchos en curanderismo.

Eso lo sabe muy bien el entorno chavista y por ello improvisa variantes de su final, sugiriendo sofisticados magnicidios que estimulan delirantes elucubraciones de criminólogos ad hoc y, sobre todo, la truculencia de los teóricos de la conspiración.

Caricaturas del célebre residente del 221 B de Baker Street, Londres, el petulante y flemático Sherlock Holmes, los sabuesos rojos, guiados por algún agente del G-2, dilucidador de enigmas euclidianos, unieron puntos en un mapa de Caracas (Fuerte Tiuna, Miraflores, La Casona) para formar un triángulo, cuyo centro, postularon, era el foco de la conjura asesina que, mediante envenenamiento desde lejos emponzoñó al comandante y lo mandó a negociar con Pedro su visa para la eternidad.

Dando por sentado que motivo y oportunidad sobraban, propiciaron allanamientos en la zona determinada por su cabalística pesquisa, dar con el “arma asesina” y detener a los presuntos francotiradores que no estaban siquiera en posesión de una flecha.

Convencido, como Holmes, de que “una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”, Aristóbulo se atrevió a especular que tal vez los yanquis manejaban métodos científicos de origen alienígena y que experimentaban, en el “área 51”, con toda suerte de artilugios y programas para provocar huracanes, sismos e inundaciones y que su dominio de la nanotecnología y la microbiología los capacitaba para manipular, a control remoto, la pigmentación dérmica.

Prueba de ello es que él, habiendo nacido blanco y rubio, cual vikingo, fue mutado en afro navegante cumba-cumbé. 

No descartan nuestros agudos investigadores que la perversidad científica gringa haya perfeccionado la miniaturización extrema y haya logrado manipular genéticamente algunos insectos y domesticarlos para ser utilizados como agentes transmisores de enfermedades mortales.

Sería el caso del Santón Barinés a quien médicos financiados por la CIA consiguieron inyectarle, mediante picaduras de teledirigidas garrapatas microrobóticas, o mosquitos domesticados y transportados por supersónicas palomas mensajeras, células cancerosas que prontamente se expandieron por su anatomía.

Hipótesis atractiva, pero inverosímil que suscita una interrogante atroz: ¿no podrían ser cubanos o psuvecos los perpetradores del sofisticado emponzoñamiento? Holmes no desecharía esa eventualidad: “Cuando eliminas toda solución lógica a un problema, lo ilógico, aunque imposible, es invariablemente lo cierto”… ¡Elemental, Watson, elemental!