• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

Educador a plomo

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Dicen que, de niño, Miguel Eduardo soñaba con ser educador y, para ganarse la simpatía de los maestros, supuestamente se ejercitaba echando dedo contra sus compañeros. Desde luego, son cuentos sin mayor piso que el de la memoria de algunos muchachos de la época. Tenía cara de bueno, pero ahora se volvió malo, recuerda otro.

Lo cierto es que, por lo que vemos ahora, nunca ha dejado de practicar su digitación para señalar presuntos enemigos y supuestos culpables por el solo hecho de ser estudiantes, los cuales –cree hoy– han torcido sus caminos y, por ello y fiel a su frustrada vocación, se siente obligado a enderezárselos.

Algunos malintencionados recuerdan que en el colegio no le molestaba ver cómo los profesores impartían castigos severos con la certeza de que las sanciones y escarmientos eran el camino correcto.

Cuando veía en el patio a algún escolar con los brazos extendidos y con pesados libros en las manos pegándose un plantón por haber lanzado un taquito o hacer sonar una sonrisa de cochino, hubiese deseado ser él quien manejase la palmeta para, blandiéndola frente al penitente, asegurarse de que este no moviese siquiera un pelo.

Y es que en realidad le fascinaba no la idea de enseñar, sino la de disciplinar; por eso se hizo fanático cumplidor de los deberes que le imponían, sin interesarse en lo más mínimo por los derechos que le correspondían.

Con el tiempo, dicen, se convenció de que no sería ni normalista ni pedagogo, aunque le hubiese encantado ser director de un internado, uno de esos antiguos y siniestros establecimientos donde el personal docente compite para infligir las penas más ejemplarizantes y que abundan en la literatura y el cine con títulos como Cero en conducta o Nido de escorpiones, y concluyen, fatalmente, con un suicidio o una rebelión. Pero la vida no lo quiso así y Miguel Eduardo se decantó por lo que se anunciaba como “honrosa carrera de las armas”.

Miguel Eduardo llegó a militar. A Chávez le gustaba fabricar generales al por mayor. Destacó supuestamente en los servicios de información, inteligencia y espionaje. Experto en sembrar evidencias para fabricar casos y levantar expedientes, la justicia internacional lo tendría en la mira.

Así se desprende de una información publicada en mayo del año pasado en un portal noticioso, aparentemente bloqueado en Internet, en la que se le vinculaba, entre otras menudencias, con el caso Anderson, pero sin aportar evidencia de peso, que es como decir nada. De igual manera, hay que gente que, por hacerle daño, llega a la exageración de mentarlo en el affaire del narco llamado el Boyaco. Ganas de inventar y levantar calumnias.

Por si fuera poco, y siempre con la mala intención por delante, sus enemigos llegan al punto de señalarlo como capitán que dirigió el ataque a la residencia presidencial La Casona, el 4 de febrero de 1992, donde fueron ultimados los encargados de la custodia de la familia del presidente de la república, Carlos Andrés Pérez. En La Casona estaban la primera dama y algunas de sus hijas, desarmadas, frágiles y atemorizadas en medio de la balacera.

Miguel Eduardo ha descalificado a los jóvenes que protestan. Procura presentarlos a la opinión pública como delincuentes y drogadictos. En su fuero interno quisiera tener un látigo para azotarlos en el patio de un cuartel, rememorando los colegios que le vieron pasar por sus aulas aunque estas no hayan pasado por él.

En sus declaraciones a los medios vaticina que el reclamo estudiantil pronto cesará porque se avecinan exámenes y vacaciones. Pero, como dijo un expresidente, “deseos no empreñan”. La protesta no cesará porque así lo quiera Miguel Eduardo, sino cuando desaparezcan las causas que la motivaron.