• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Duras lecciones

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Los comicios del pasado 7 de octubre han permitido abrir un debate amplio y sorprendente por la variedad de sus enfoques y por la calidad de las argumentaciones enfrentadas. Nadie hubiera pensado años atrás que la sociedad venezolana tenía dentro de sí esas potencialidades de análisis y discusión que, en verdad, abruman porque el lector, el radioescucha o el televidente no encuentra el tiempo suficiente para pasearse por ese amplio panorama de opiniones.

Antes los debates se daban entre jóvenes o veteranos dirigentes que centraban la discusión en un discurso político, en las debilidades y fortalezas de sus propuestas sociales y económicas. De manera que ello reducía el espacio de repercusión de los asuntos que se colocaban sobre la mesa y eran objeto de análisis.

Pues hoy todo esto está cambiando de una manera tan radical que las propuestas y los programas de los partidos han pasado a un segundo plano y los debates han sido sustituidos por verdaderas batallas que se trasladan a los medios de comunicación, las redes sociales y grupos de activistas.

Sobre el tema de la unidad y de la tarjeta única, que se inició entre los representantes de partidos y movimientos, se discutió luego por las redes sociales, entrevistas en los medios y discusiones en las comunidades. Llegó un momento en que parecía que todos estaban en desacuerdo, ya sea sobre el proyecto inicial de la unidad o sobre los aspectos más pequeños e irrelevantes que nada añadían al objetivo general. Finalmente las dudas se disiparon.

Lo mismo sucedió con las primarias y todo parecía ir de mal en peor porque los debates en televisión entre los candidatos no dejaron contento a nadie. Hasta el Gobierno metió la mano en el caldo y difundió, con su cara de palo de siempre, que las encuestas de Jesse Chacón señalaban que apenas un millón de personas acudirían a los sitios de votación. Se equivocó y se resbaló bien feo porque los participantes fueron más de tres millones. Y se superaron luego los traumas entre quienes compitieron y no ganaron.

Hoy estamos sumidos en una discusión tan larga como fructífera, como decíamos al principio. El tema central no puede ser otro que la derrota en las elecciones presidenciales porque ha tocado varias de las partes fundamentales e irrenunciables de una democracia: el voto, el poder electoral, el ventajismo del Gobierno y las diferentes formas de fraude del oficialismo.

Desde luego no podemos negar que las condiciones en las que se compitió no eran las mejores. Pero se nos prometió una movilización nacional que prácticamente haría ineficaz cualquier intento de fraude. Testigos, mesas, logística, transporte y traslados de las actas, todo estaba sobre seguro. Y la verdad es que todo funcionó sólo que fue para el Gobierno que sí tenía su maquinaria aceitada. Esta discusión debe continuar hasta sus últimas consecuencias… para bien de la democracia.