• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Dólar: fantasía roja

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Lo reportan nuestras páginas de hoy: el mercado de viviendas en Venezuela sufre los efectos de una triple distorsión: escasez, especulación y dolarización. En otras palabras, comprar una vivienda en las grandes ciudades del país se ha transformado en un coto para privilegiados. El acceso a una vivienda propia sigue negado para millones de familias venezolanas.

Pero he aquí que la distorsión no se limita a la vivienda: automóviles y repuestos, alimentos imprescindibles y bienes fundamentales para la vida cotidiana, productos para el cuidado personal, algunas líneas de medicamentos y tantas cosas más, son negociadas hoy fuera de sus canales regulares, a precios inflados, que es la lógica de todo mercado surgido a consecuencia de las prohibiciones.

Desde hace más de un siglo que el mundo conoce las consecuencias que el control de cambio y la prohibición de cierto tipo de transacciones producen en las economías: de forma instantánea aparecen operadores que atienden a la demanda de los bienes bajo control, siempre a precios que vulneran la economía de las personas. Hay que repetirlo: los controles empobrecen a los ciudadanos.

Estanterías vacías, colas que se extienden por horas, penosos itinerarios por varios negocios para hacer una mínima compra: esta es la otra cara de un mercado distorsionado por el control de cambio. La imposibilidad de una vivienda y la desaparición del papel higiénico tienen una raíz común: el uso político del dólar. El dólar como herramienta para humillar a la sociedad, para mantener el control político y para disponer de un botín para las bandas de corruptos que operan en el Gobierno y a la sombra del Gobierno. Se trata de otra de las paradojas que demandan la reflexión del ciudadano: que el régimen que se proclama enemigo del imperio tiene en el uso de su moneda la más poderosa arma de coacción social y, a un mismo tiempo, su más pródiga fuente de enriquecimiento.

El dólar fue el eje axial del régimen chavista y sigue siéndolo en su fase madurista. No es la ideología, ni el bien común, ni el amor al pueblo, el signo profundo del Gobierno: es su pasión por los dólares de la renta petrolera. Son las fantasías que despierta en el alto gobierno, el rostro adusto y sosegado de Benjamin Franklin, cada vez que manosean y se gratifican contando billetes de 100 dólares. La escasez de divisas es sólo parcialmente un problema derivado del precio del petróleo.

En lo esencial es el resultado acumulado de la dilapidación, el abuso, el robo descarado de por ahora incalculables cifras de dólares.

En Venezuela toca pensar y debatir si el petróleo es todavía la marca central de nuestra cultura, o si la combinación de rechazo y deseo del dólar no ha terminado por convertirlo en uno de los fetiches fundamentales de los asuntos públicos nacionales. Porque, además, asociado a lo anterior, tenemos la obligación de preguntarnos cuál fue el valor real del carisma político de Chávez, y cuánta la contribución que los billetes verdes le añadieron a ese carisma.