• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

Discursos y sentencias

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los escritores han mantenido diferencias irreconciliables con los críticos literarios porque ven en sus obras asuntos que ellos no escribieron e intenciones que jamás les pasaron por la cabeza a la hora de redactar sus obras. Los críticos ven lo que no vieron los escritores, y asumen posiciones que no estaban en el programa del que movía la pluma. “La orientación del texto es de mi exclusiva responsabilidad y su recepción depende de los lectores”, afirman los escritores, sin que deba meter la mano un sujeto ajeno que no escribe sino partiendo de las letras ajenas.

Es un tema manido que no conduce a nada importante, porque al final el creador del texto sigue su camino sin que interfieran de veras los juicios de quienes asumen el papel de escudriñadores de su trabajo. Sin embargo, el papel de los intérpretes se convierte en problema serio, en asunto de prisión o libertad, en negocio de vida o muerte, cuando se sale de las páginas de la literatura para invadir el terreno de la política y, mucho peor, el ámbito de las decisiones judiciales.

Es exactamente lo que viene pasando con el caso de Leopoldo López, a quien se va a juzgar por unas palabras que pronunció en su papel de dirigente político para dirigirse a sus seguidores y a la ciudadanía en general con el objeto de proponer caminos para enfrentarse al régimen.

¿Qué dijo López? Sólo lo que dijo ante los oídos de la sociedad: propuestas que le parecieron razonables con el objeto de provocar una movilización masiva; vocablos diáfanos que, debido precisamente a su diafanidad, le salieron sin ocultamiento de la garganta; propuestas que ventiló sin ningún tipo de cautela porque solamente tenían la intención que las produjo, sin nada de particular en la trastienda, sin orientaciones merecedoras de ocultamiento. Trabajo parecido al de los escritores mencionados al principio: pensó las palabras, tal vez tomó unas notas y después las soltó frente a los micrófonos.

Esperaba que las interpretaran sus destinatarios, es decir, los receptores del mensaje que tomarían decisiones después de escucharlas, o no asumirían ninguna conducta si les parecía adecuado. Pero de donde menos se espera salta la liebre. Apareció un enjambre de sorpresivos intérpretes que, como los críticos literarios, descubren lo que no escribió el prosista y se escandalizan ante lo que supuestamente asomó o quiso asomar el fabulador, aunque nada de lo criticado aparezca en el texto criticado.

El predicamento es pavoroso. Los intérpretes de las palabras de López son asalariados del gobierno, o sectarios rojos-rojitos que se han dado a la tarea de quitarle la ropa a unos discursos para convertirlos en arma de guerra, en candela inflamada, en sed de sangre y muerte.

No hay pistolas, ni fósforos ni deseos de exterminio en las palabras de López, pero los intérpretes aseguran lo contrario y la juez se deja convencer por unas razones que pesan lo que un guiñol manejado desde las alturas: significa la supeditación de la justicia a la expresión de algunas opiniones.

Las interpretaciones tendenciosas no pueden constituirse en evidencia de delito, la autoridad de unos “traductores” que dependen del interés de un ministerio de propaganda no puede determinar el destino de unos discursos pronunciados de buena fe desde la plaza pública; la intención de un político no puede juzgarse partiendo de opiniones que buscan únicamente producir un perjuicio.

Es evidente cómo no sólo se pretende condenar a López por unas palabras que legítimamente pronunció, como dirigente y como ciudadano, sino a cualquiera que las pronuncie en adelante. Ahora la justicia “independiente” cuenta con intérpretes de palabras que, según les suenen en las orejas, pueden meter a cualquiera en la cárcel.