• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Llegó el día

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Con una agenda muy precisa sobre la mesa y un plazo que se medirá en meses mañana comienzan en la capital cubana los encuentros de las representaciones del Gobierno colombiano y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Hace casi catorce años se instalaban otras conversaciones similares, conviene recordarlo. Fue de mal agüero aquel comienzo. Invitados especiales del país y el mundo vieron al presidente Andrés Pastrana dando inicio al diálogo al lado de una silla vacía. Siguió el tenso intercambio de dos años sobre un territorio desmilitarizado de más de 40.000 kilómetros. Tiempo y espacio en los que la guerrilla no hizo más que seguirse burlando de la confianza del Gobierno y de los colombianos; de nada valieron mediadores y países amigos. Cerrado ese ciclo, junto a la generalizada descalificación política y moral de las FARC, vinieron los triunfos electorales de Álvaro Uribe y el despliegue de la política de seguridad democrática con su decisiva ofensiva militar.

Esa historia ayuda a comprender en su justa dimensión la naturaleza de los diálogos que ahora comienzan sobre bases muy distintas. No hay zona desmilitarizada ni suspensión de hostilidades ni tiempo indefinido. Las delegaciones se sentarán a la mesa para comenzar sus negociaciones con el tema de desarrollo agrario y luego acordarán el orden para tratar los otros asuntos: participación política, fin del conflicto, drogas ilícitas, y víctimas y reparación, a los que se añaden los aspectos relativos a la instrumentación y verificación de lo acordado. Y algo crucial: no habrá arreglos parciales porque nada estará acordado hasta que todo lo esté.

El Estado colombiano, no simplemente el gobierno de Juan Manuel Santos, llega a estas conversaciones con la ventaja ganada en el terreno militar, con razonable respaldo político y de la opinión pública y con un pie bien puesto fuera de la mesa. Las FARC no solo llegan muy golpeadas en su liderazgo, organizativa y materialmente, sino más desacreditadas que nunca y a sabiendas de que fracasaron en su estrategia de tomar del poder por las armas. Con todo, como lo ha evidenciado su vocero Iván Márquez en las últimas semanas, no cejarán en su intento de trastocar el temario convenido, plantear públicamente asuntos a destiempo y evadir responsabilidades, como muy ofensivamente ya lo han hecho respecto a las víctimas del conflicto. También utilizarán la visibilidad que les permite la negociación para presentarse como actores políticos propiciadores de la paz que, sin que medie palabra sobre los asesinatos de estos días, proponen una tregua navideña.

Hay otro aspecto que cambió al cabo de casi tres lustros, asunto que en aras del proceso de paz colombiano no se ventila oficialmente con la franqueza y seriedad que amerita: que en estos años la guerrilla y sus ilícitos se movieron a la periferia colombiana, fundamentalmente a territorio venezolano, donde no han encontrado obstáculos para ubicarse. Ojalá que los diálogos en La Habana también traigan paz a nuestro lado de la frontera.