• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Diálogo a palos

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Se dialoga cuando conviene, cuando las partes de un negocio deben aproximarse a los puntos que las separan y a los aspectos que las pueden juntar para beneficio recíproco. Ha sucedido así desde el principio de los tiempos, se trate de competencias mercantiles o de problemas que incumben con urgencia a la sociedad, como las guerras civiles e internacionales.

A menos que se pretenda la eliminación de la competencia, en la parcela de la economía, o la liquidación inmisericorde del enemigo, en el terreno de la política. El diálogo es un método que los hombres han utilizado para diferenciarse de los animales y para evitar la desaparición del género humano.

Pero, precisamente porque no se trata de un ejercicio propio de bestias guiadas por su instinto, sino de individuos dotados de raciocinio, el diálogo depende del entendimiento de las circunstancias en las que se provoca y de la concesión de la calidad de pares a quienes participan en él.

Analicemos la curiosa manera de invitar a conversaciones que lanza Maduro. En primer lugar acusa de terroristas, de francotiradores, paramilitares, golpistas y traidores a la patria, agentes del imperialismo y saboteadores a la oposición.

¿Cómo se puede dialogar con quien emplea un lenguaje sucio como el río Guaire? ¿Cómo entenderse con quien permite “un ataque fulminante” sin que le importe la suerte de los niños que viven en las zonas donde arremete la Guardia Nacional? ¿Es posible conversar con un jefe que permanece impávido cuando la GN golpea a una anciana? O cuando un guardia cobarde se quita el casco y masacra el rostro de una mujer por exigir comida para sus hijos?

Usted, Maduro, llama a conversar pero no anuncia una agenda que atienda a las demandas de la sociedad. En ella no están los estudiantes ni las universidades, los jóvenes presos sin fórmula de juicio, ni el despojo de la curul a María Corina Machado llevada a cabo por el capitán fanfarrón, ni de la prisión de Leopoldo López y de los alcaldes de San Cristóbal y San Diego, también se olvida de Simonovis.

Torea su responsabilidad y mueve su dedo acusador hacia la Fiscalía, la Guardia Nacional y el Tribunal Supremo. Olvida que usted es el dueño absoluto de esas tres instancias, y que usted encarna esa rojísima trinidad de la crueldad, el atropello de los derechos humanos y la destrucción de la independencia de los poderes públicos.

Veamos, por ejemplo, cómo ha hecho el presidente de Colombia para sentarse en la mesa con los grupos guerrilleros para buscar la paz. Santos no ha dicho que los guerrilleros son unos narcotraficantes del demonio, ni unos asesinos impúdicos ni unos ladrones de siete suelas.

Por el contrario, les ha otorgado el estatus de fuerza beligerante con la cual debe hablar por el beneficio inapreciable de la concordia colombiana. Los guerrilleros, por su parte, no han acusado al gobierno de crímenes atroces, ni de torturas y desapariciones. Han evitado asperezas que solo sirven para clausurar senderos.

¿Hace lo mismo, o algo parecido, el régimen de Maduro? Todo lo contrario. No ahorra insultos contra la oposición, antes de invitarla a conversar. Moteja en los términos más duros a los miembros de la MUD para ofrecerles después la hospitalidad de palacio.

“Mira, hijo de perra, te espero mañana para que hablemos, tú verás si vienes o no vienes”, más o menos así comienzan los llamados que no sirven para reunir, sino para alejar. Así suenan los vocablos de lo que parece una nueva proclama de guerra en lugar de una posibilidad de paz. Es evidente que, convocados así, solo los sinvergüenzas y los cobardes pueden presentarse al convite.

La sociedad clama por el diálogo y por consiguiente, los políticos deben responder a ese clamor. Pero el primero que debe moderarse es Maduro.