• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Diálogo de noches y agonías

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Ya el hecho de que el oficialismo insista en pedir y ofrecer con sospechoso repique propagandístico un diálogo nacional debe colocarnos en alerta. No ha sido esta su actitud en 17 años durante los cuales hemos sido atormentados por la violencia de sus grupos armados, de sus fuerzas represivas, de sus militares y de sus más altos voceros. No olvidemos que Chávez nos ofrecía durante su campaña presidencial algo por demás grotesco y cruel: “Freír las cabezas de los adecos”.

Bocón al fin, nadie se lo tomaba en serio hasta que obtuvo la presidencia y cambió su discurso, sacó sus garras y le dio luz a sus verdaderos propósitos que no eran otros que el de la consolidación de un control total del poder y, por ende, de la destrucción paulatina de sus adversarios dentro de su propio movimiento y, por supuesto, de sus opositores en los partidos democráticos.

Quienes se empeñaron en ver lo que en realidad no existía, valga decir, salidas democráticas a una situación de fuerza que meses tras meses se consolidaba en una militarización acentuada y progresiva, terminaron no solo desorientados sino que apostaron –lo que resultó peor–, a la improvisación de actos de rebeldía que terminaron en fiascos tan grotescos que abonaron la desesperanza y el miedo.

Ante una situación de fuerza tan desfavorable era poco lo que se podía intentar con posibilidades de éxito. Lo único posible era la paciente reconstrucción de las alternativas políticas opositoras que habían sido barridas y enterradas en el basurero de sus propios errores. Pero este renacimiento no podía ni debía estar basado en un simple rescate del pasado ni de la restauración de lo que había sido rechazado por amplios sectores de la sociedad venezolana. Las nuevas propuestas, sin alejarse de sus raíces, deberían nacer a partir de duras y exigentes reflexiones que superaran las faltas del pasado y, a la vez, fueran lo suficientemente atractivas para convocar la esperanza y consolidar la confianza de que un futuro mejor no solo era posible sino realizable.

El objetivo central era, quien lo diría hoy, ganar tiempo y acumular fuerzas. Es lo que Maduro intenta ahora cuando el peso de sus errores lo hunde nacional e internacionalmente. Pero a Maduro, al igual que un peligroso animal moribundo, de nada le sirve ganar tiempo porque sus fuerzas vitales están agotadas y solo le quedan meses de inmovilidad, días que cada vez se oscurecen más y se convierten en noches próximas y definitivas.

Sus arrebatos de furia, sus retahílas de insultos, sus amenazas ya no causan el efecto deseado y, bien lo sabe, solo alcanzan para que los integrantes de su entorno no rompan fila y se marchen en desbandada, un sálvense quien pueda que merodea a la vuelta de la esquina.

En estas circunstancias a la camarilla civil y militar no le queda otro recurso que afanarse en los oficios de un atorrante como Zapatero, sepulturero de la España que prosperaba y que él, con sus errores y su incompetencia, empujó hacia el precipicio de la quiebra económica. ¿Qué puede esperarse de un hombre que, por oportunismo político y electoral, se amputó sus dos nombres y renegó de su primer apellido?