• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Diálogo con icebergs

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Algunos observadores con experiencia en los temas de solución de conflictos recomendaron a dirigentes de la MUD considerar desde el principio el contenido y la forma de cómo se abordaba el proceso de encuentro entre los factores de oposición y el gobierno. No fueron pocos los que desestimaron la recomendación de que, para el momento del proceso de acercamiento entre los factores oficiales y la MUD con facilitadores como Hiram Gaviria y Vladimir Villegas, el encuentro debía ser en un contexto de negociación y no un diálogo.

Por varias razones, entre otras, no es lo mismo dialogar que negociar. La diferencia no es semántica sino que se sostiene sobre variables diferenciales. El diálogo permite que los enfrentados conozcan sus visiones, exponen puntos de vista y exploran opciones para llegar acuerdos. No hay compromisos y no se requiere de agendas acordadas.

Mientras que durante un proceso de negociación se eligen meticulosamente los representantes de cada parte, se le baja el tono al conflicto, se presentan las demandas y exigencias propias y se designa garantes transparentes y mecanismos de verificación vinculantes para garantizar la resolución del conflicto.

El gobierno es el interesado en mantenerse dentro de un esquema de diálogo que no lo compromete a dar respuesta y aceptar condiciones sino que, mientras el proceso se da y con la presencia de facilitadores internacionales, el régimen gana tiempo ante la opinión pública nacional e internacional, pero mantiene por igual una política de represión hacia los estudiantes, de agresión hacia la oposición y de inmovilidad ante las legítimas demandas que se le han planteado. Ellas incluyen la liberación de Simonovis, el cese del hostigamiento y un viraje en el esquema económico que tanto daño le está causando a la nación.

Por otra parte, es cuestionable la presencia de representantes de Unasur, que si bien han jugado un papel de buenas escuchas, en la práctica personajes como el canciller de Ecuador queda descalificado cuando sin mayor reserva el presidente Correa, en reciente entrevista a CNN y mientras discurre la actual fase, se da a la tarea de insultar a la oposición. De esta manera poco se puede decir del papel que Ecuador, a través de su canciller, puede jugar en el actual proceso venezolano.

La MUD se levantó del diálogo argumentando precisamente que “está en crisis, porque no hay avances. El gobierno no ha dado demostraciones de compromiso”. Buen momento entonces para reflexionar sobre la forma del proceso que tantas expectativas ha generado en gran parte de la oposición venezolana y del país en general.

La segunda fase, de continuar, debe ser dentro de un marco de garantías distintas hasta las ahora acordadas. Una oposición con representación de todas sus tendencias y con el propósito de sentarse a negociar con el gobierno sobre la plataforma de demandas amplias y específicas, con tiempos establecidos y acciones inmediatas que permitan generar confianza, es la única manera de salir del atolladero en que se encuentra el país.

Maduro asegura que no se va a parar la mesa de diálogo. Calificó como un éxito “el hecho de que la oposición y el gobierno puedan sentarse a hablar”. Mayor cinismo imposible, pues en verdad resulta una vergüenza que un país que se presenta ante el mundo como democrático aplauda porque la oposición acuda al diálogo y el mandatario lo considere una novedad.

La realidad es otra, suficiente agua ha corrido bajo el puente desde el 12 de febrero. El país se mueve como barco sin rumbo, sin capitán a bordo que asuma compromisos perdurables en tiempo. El Titanic naufragó porque al capitán y a su tripulación se les olvidó que en el mar también estaban los otros, esos despreciables icebergs.