• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Día de la Victoria

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Las agencias de noticias recogen, como es de rigor, las festividades programadas en Moscú para celebrar el triunfo contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. Agregan las agencias (tan denostadas por el mandatario Nicolás Maduro porque se rigen por el profesionalismo y el apego a la verdad) que el señor Putin, detestable agente de la KGB, organismo policial que liquidó a millones de ciudadanos rusos acusados sin pruebas de ser “traidores a la patria” y “agentes del enemigo”, presidió la fastuosa parada militar.

Putin no participó en ningún combate de esa “guerra patria” sencillamente porque nació en 1952.

Pero como buen político y embustero desenfrenado, Putin aprovechó para recordar como su papá había sido herido en la guerra contra los nazis. Lo raro hubiese sido que no le sucediera nada porque el pueblo ruso se incorporó masivamente a la guerra y no por fidelidad a Stalin sino por amor a la Madre Rusia, como bien lo han repetido escritores, militares, políticos e historiadores.

Ha sido así en innumerables ocasiones, ya sea cuando el peligro llegaba del lado oriental como desde la parte occidental de Europa. Ese amor por su tierra y por su espacio vital los hizo triunfar por encima de la brutal represión de los zares y de las dictaduras de Lenin y Stalin.

Hoy padecen el régimen de Vladimir Putin, reelecto ad infinitum por la gracia del Partido Comunista que nunca entiende ni entenderá la necesidad democrática de la alternativa en el mando. Putin ha hecho realidad el sueño de ser, a la vez, un policía y dictador. La mayoría de las veces un dictador contaba con la ayuda cruel y despiadada de un verdugo policial como en el caso de Stalin. Ahora eso ha cambiado y Putin ejerce extraoficialmente las dos funciones.

A hora de la muerte de Stalin, nadie quiso asumir la responsabilidad de “descubrir” su muerte, tal era el temor de las consecuencias que ello podía implicar. Dos días permaneció tirado en el suelo de su habitación hasta que ya no hubo alternativa sino abrir la puerta de su cuarto. Quizás temían que un urgente auxilio médico lo devolvería al poder, pero llevaba más de 24 horas muerto.

Kruschev, un ucraniano pícaro y malintencionado, mandó a llamar a Beria, el terrible jefe de la policía y asesino nato, para preparar las exequias y de inmediato lo hizo preso y posteriormente lo fusiló. Era la única manera de acabar con la era de Stalin. Luego vino una gran purga y centenares de burócratas y militares, jefes de partido e intelectuales fueron “liquidados”, una manera diferente para nombrar la crueldad de la prisión y la muerte.

Hoy el señor Putin “celebra” el fin de la Segunda Guerra Mundial con “el mayor desfile militar de su historia, en un ambiente de patriotismo marcado por la tensión con occidente, cuyos líderes boicotearon los fastos”. La agencia Efe agrega que “más de 16.000 soldados y 200 piezas del más novedoso armamento pesado ruso, entre tanques y misiles, desfilaron por la emblemática Plaza Roja”. ¿El fin de la guerra?