• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Insultos y silencios

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Entre el acto político del 10 de enero, el anuncio de la designación de un nuevo canciller y las palabras del representante de Venezuela ante la OEA hay una línea continua, fragmento de la larga secuencia de tres lustros de destrucción de la diplomacia venezolana.

El recurso a descalificaciones, insultos, sarcasmos y burlas se convirtió en un rasgo muy propio del discurso del presidente Chávez, imitado por sus colaboradores más y menos cercanos. La práctica de referirse en términos ofensivos y amenazantes a críticos y opositores no sólo ha sido intensa y persistente en el ámbito nacional. Se convirtió en rasgo distintivo de la diplomacia, o más bien, de su negación esencial.

No se trata sólo de lo que el Presidente, sus ministros y los más conspicuos diplomáticos del régimen han llegado a plantear sobre gobernantes, personalidades y organizaciones de otros países. Son también las ofensas que sus aliados e invitados especiales han venido haciendo contra los venezolanos y nuestra soberanía. La agresión verbal de Daniel Ortega en Caracas, ante la mirada complacida del equipo continuista, es la más reciente muestra de esa total falta de respeto.

Las formas importan cuando se trata de cultivar respeto adentro y en las relaciones con otros países. En el reconocimiento y cumplimiento de ciertos procedimientos se asienta la confianza. De allí que, dada la frágil formalidad que la sustenta y la naturaleza del cargo del que se trata, la designación de un nuevo canciller –el séptimo en catorce años- no ofrece garantías de estabilidad para los compromisos y obligaciones internacionales adquiridos y por adquirir. Tanto menos cuando lo que se intenta es dar continuidad forzosa e irreversible, contra los vientos y mareas de la economía, al gobierno que se montó sobre un modelo centralizador y personalista.

En la Organización de Estados Americanos la práctica gubernamental de la descalificación y el improperio ha encontrado terreno fértil. El insolente discurso que se escuchó una vez más en la sesión del Consejo Permanente del pasado miércoles dejó al descubierto la sustitución de la sana formalidad por el formalismo vacío, el franco ejercicio de la argumentación por el de la evasión; la persuasión por el grueso recurso a la descalificación. De esa sesión debería quedar un registro privado muy diferente al que deja la escena pública del rebuscado texto del representante venezolano. La audiencia más o menos muda debería preguntarse ahora ¿quién firma?, ¿quién representa a quién?, ¿quién compromete qué y hasta cuándo?, ¿cuánto nos está costando una supuesta "garantía energética"? Pero lo cierto es que, por lo pronto, el destituido fue el representante de Panamá.

Sobre la OEA hay preguntas similares que hacerse porque, ante el impulso destructor de la diplomacia, su secretario general y la mayoría de los países parecen dispuestos a dejar que se pierda el patrimonio colectivo de defensa de la democracia y los derechos humanos.