• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Desmesuras y delirios

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Se fortalecerá el crecimiento de las economías de México y Centroamérica mientras que en Suramérica se perfila un panorama más diverso, bajo el peso de las dificultades en Brasil, la caída de Argentina y la anticipación de una recesión en Venezuela. Eso se lee en la actualización del informe Situación y prospectos de la economía mundial 2014, recién presentado por el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas.

Conviene volver sobre ese reporte con la atención puesta más allá de los números, para trazar un mapa de grandes contrastes entre los que destaca uno al que Latinoamérica ha estado históricamente tan expuesta: la pérdida de mesura de los liderazgos políticos, con delirios de grandeza, que pierden de vista el necesario balance entre sus aspiraciones políticas y las necesidades de sus países.

En la desmesura hay, por supuesto, variantes. En Brasil, por su historia y su tamaño, todo es enorme. Y así es el riesgo de perder el sentido de las proporciones. Una muestra apenas del desbalance actual se ha hecho visible con las protestas del año pasado y desde febrero de este año ante la insatisfacción con los servicios públicos, la calidad del gobierno y el gigantesco compromiso de organizar la Copa Mundial de Fútbol, y los Juegos Olímpicos de 2016.

Lograr el equilibrio entre la proyección de la potencia emergente y las necesidades y exigencias de la sociedad, cuando el crecimiento desacelera, es un desafío que presiona sobre el gobierno y sobre la popularidad de Dilma Rousseff, heredera de las desmesuras de su predecesor.

En Argentina, la alucinación ha sido mayor. Se manifestó en el aumento del gasto público, los altos salarios, el aliento al consumo y la inflación. El liderazgo grandilocuente de los Kirchner difundió la especie del país víctima de la maldad los acreedores, mientras se cerraba ante reclamos de transparencia y arreciaba contra la crítica. Los países que tienen mejores prospectos de crecimiento son aquellos que, de diferentes maneras y grados, se manifiesta un cierto sentido de las proporciones entre lo que el país requiere (no simplemente el gobierno, ni siquiera el Estado, sino la sociedad), los recursos y oportunidades que tiene para alcanzarlo y las políticas que despliega en consecuencia.

No son países sin problemas complejos ni ajenos a divergencias políticas. En cambio, sus mejores perspectivas derivan de la disposición y capacidad gubernamental de ejercitarse en el equilibrio de lo deseable, lo posible y lo sostenible. Allí están Colombia, Perú y Chile.
Otros países cuyos gobiernos son diversos entre sí van descubriendo el discreto encanto de la mesura y así se manifiesta en su situación presente. Son los casos de Paraguay y Uruguay, y hasta de Bolivia y Ecuador.

Venezuela es el caso más extremo que, por conocido, podemos dar por visto, eso sí como verdadero delirio de grandeza, ahora en el precipicio de una terrible depresión.