• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Desafueros y votos

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La guerra que el Gobierno ha emprendido contra los parlamentarios de la oposición es verdaderamente sospechosa. Quieren justificarla anunciando la persecución de los corruptos que se valen de las prerrogativas que les da la Asamblea para cometer sus fechorías, y así apoyar la guerra por la limpieza administrativa que ha proclamado Nicolás Maduro. Sin embargo, se le ve la costura desde lejos.

En primer lugar porque, desde la perspectiva oficial, las curules de sus compañeros rojitos y sus aliados son impolutas, libres de mancha, concebidas y manejadas sin pecado. Curioso, ¿no es cierto? Luego porque, cuando alguna averiguación advierte sombras en el trabajo de los representantes del oficialismo, pasa a los rincones del olvido en la más recóndita de las gavetas del Capitolio. Cuando conviene examinar las culpas, la balanza siempre se inclina hacia un solo lado.

Es un camino unilateral que ya lleva un recorrido de quince años, pero que se hace más visible en estos días debido a que ha arreciado la campaña de supuesta profilaxis contra diputados como Richard Mardo y Juan Carlos Caldera, por ejemplo, después de que la emprendieron sin éxito contra el diputado Andrés Velásquez.

La cruzada no tiene nada de novedoso, forma parte de la costumbre de mirar con un solo ojo, pero no ha faltado quien la relacione con los votos que necesita el oficialismo para modificar los cargos de otros poderes públicos cuya renovación requiere de mayoría calificada a la hora de unas votaciones que se han postergado más de la cuenta y en torno a cuya celebración no ha mostrado prisas la directiva de la AN.

No olvidemos que a las cabezas del CNE, por ejemplo, tan criticadas por sobradas razones, ya se les cumplió su lapso. Los escarmentados electores están muy pendientes de ver caras nuevas y confiables en la sede del Centro Simón Bolívar. Un caso de tamaña envergadura no puede pasar por debajo de la mesa, ni puede resolverse mediante los trancazos de reciente data. Obliga a una votación urgente, a una decisión que no puede esperar demasiado, pero que el oficialismo no se atreve a llevar a cabo sin tener los votos asegurados de antemano.

La salida es la concertación con la bancada de la oposición, pero se trata de una receta que jamás se ha utilizado en los hornos rojo rojitos. De allí el camino tomado de armar una cacería contra los parlamentarios opositores cuya supuesta conducta abra el camino para atacarlos, aunque este sea un itinerario tortuoso y sin meta cristalina.

El PSUV cree que los suplentes opositores pueden ser más blanditos y dispuestos a saltar la talanquera y así asegurar al oficialismo una mayoría calificada. El objetivo es evitar que el Parlamento cumpla con la incómoda tarea de parlamentar. De manera que lo primero que buscan es deshacerse de la firmeza de aquellos que no están dispuestos a pactar arreglos inconfesables.