• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Desafiando al dragón
Paraguas en Hong Kong

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Los jóvenes estudiantes que en defensa del derecho a elecciones genuinamente democráticas lideraron la toma de las calles de Hong Kong han expuesto al régimen chino de una manera y en un terreno muy incómodo.

Se recuerda en estos días la masacre de Tiananmen, y su costo moral y político internacional para el gobierno reformador de Deng Xiao Ping. En adelante, el régimen comunista-capitalista ha intentado borrar el recuerdo de esos días y no ha cesado de impedir las protestas, silenciar las voces disidentes y los medios en los que se expresan y, por supuesto, reescribir aquella historia para propios y extraños.

No pocas veces se ha insistido en que el impacto del crecimiento de la economía china y la inevitabilidad de las comunicaciones con el resto del mundo acabarán alentando la exigencia de derechos. El gobierno chino lo sabe y resiente, por eso refuerza su muralla política interior y exterior. Así lo hizo en medio de la llamada Primavera Árabe, cuando arreció en el control de las comunicaciones, la vigilancia en las calles y las detenciones ante protestas contra la corrupción y la censura, y en reclamo de mejores condiciones de vida.

Las manifestaciones en las calles de Hong Kong han crecido en circunstancias en las que ha sido más difícil sofocarlas por los medios acostumbrados. Esta Región Administrativa Especial tiene su propia historia y las expectativas de ejercicio de libertades prometidas en el acuerdo con el que el Reino Unido traspasó ese territorio a China. No menos importante es que los jóvenes que crecieron y se formaron con esa aspiración hayan encontrado los medios para evadir parcialmente el bloqueo de las comunicaciones y para desarrollar una estrategia de protesta pacífica a la que se sumaron en pocos días miles de manifestantes. 

La respuesta de Pekín no se hizo esperar. El gobierno encabezado por el sonriente Xi Jinping ha descalificado a los manifestantes como extremistas que violan las leyes y ha advertido al mundo que “los asuntos de Hong Kong son asuntos internos de China”. Esto sucede en los mismos días en que logró, una vez más, que un gobierno como el de Suráfrica –el país de Mandela y De Klerk, pero también socio de China en el grupo Brics–  negara la visa al Dalai Lama para un encuentro de premios Nobel de la Paz.

En el desigual balance entre el enorme dragón y los manifestantes con paraguas, la mayor fortaleza de quienes protestan está en la firmeza de las convicciones que los animan, en su coherencia para mantener la organización y naturaleza pacífica de su movimiento y, especialmente, en la conciencia de su tamaño y el de los intereses de Pekín que están en juego.

Sin perder de vista sus propósitos, han aceptado conversar antes de que la protesta se les vaya de las manos, pero el eco de su mensaje dentro de China seguirá desafiando al enorme dragón más allá de lo inmediato.