• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Demandas y confianza

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Como sabe el lector, el ciudadano Diosdado Cabello ha demandado a El Nacional por la divulgación de una información que, supuestamente, perjudica sin fundamento su reputación. El Nacional reprodujo una noticia del diario español ABC, relativa a malos pasos del demandante, también presuntos desde luego, y así, de a poco, hemos llegado a una situación de tirantez y persecución conocida por todos. 


De la acción se desprende no solo un rechazo fulminante de los contenidos de este periódico sino contra los que él considera, por ignorancia mayúscula, los responsables de la línea editorial. De allí su absurda posición de cautela y desconfianza ante el medio que, según afirma, lo ha perjudicado por irresponsabilidad, o por otros oscuros motivos. Pero no es así, sin embargo. 

En la más reciente edición de su programa televisivo, el diputado en cuestión mostró a los espectadores numerosas piezas hemerográficas relacionadas con hechos sucedidos durante el período de la democracia representativa sobre los cuales quería insistir en tono crítico. La mayoría de las informaciones que entonces manejó, como también lo ha hecho en otras emisiones, fueron publicadas en su momento por El Nacional. Interesante conducta, curiosa actitud, ¿no les parece? Para aferrarse a una fuente fidedigna, que le concediera sustento a sus ataques del pasado dominado por los adecos y los copeyanos, como muleta adecuada para el apoyo de sus pasos, el diputado escogió el periódico que hoy demanda. Por ejemplo, lo que sucedía en el Congreso del pasado reciente manejado por quienes hoy han retornado a la AN, la antigua situación de las cárceles en Venezuela y detalles sobre la crisis bancaria anterior al advenimiento del chavismo, todo eso y algunas otras noticias que ahora se nos escapan, fueron tomadas de pasadas ediciones de nuestro periódico. 

No solo exhibió ante las cámaras los diversos títulos del día correspondiente, publicados por El Nacional y que todos pudieron ver porque se detuvo en sus comentarios sin sacarlos de la pantalla, sino que también leyó parte de los textos subrayados con tinta amarilla. 

El diputado, o quizás los productores del programa, se ocuparon de resaltar los contenidos para que sus argumentos fueran indiscutibles, para que no quedara duda de sus distancias frente a la mal llamada "cuarta república" debido a que se basaban en una fuente de objetividad y equilibrio inobjetables. 

Como no podía darse el lujo de extraer los datos de un almacén de dudosa reputación, se regodeó en la lectura de El Nacional que hoy nos llama la atención. El diputado rojo rojito es, al parecer, nuestro fiel lector desde antiguo, cuando era, según dicen, un cadete honesto y serio, y nadie presentía su papel como malazo animador de televisión. 

Cuando las demandas son arbitrarias e inconsistentes, en algún momento muestran las costuras sin posibilidad de remiendo. Cuando las causas carecen de fundamento, su promotor las desploma en un santiamén. El mazo no siempre acierta en su pegada.