• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Delincuentes a la orden

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El asalto recientemente ocurrido en la sede del CNP no pasaría de ser uno más en el repertorio de delitos que abruma a la sociedad, si no fuera por la declaración que los asaltantes se atrevieron a formular mientras cometían la fechoría. Los periódicos se hubieran detenido con creces en el suceso porque ocurrió mientras los directivos y los miembros de su asociación realizaban una rueda de prensa, detalle suficiente como para llamar la atención sobre cómo ni siquiera ese tipo de reuniones se libra de la acción del hampa. Sin embargo, un motivo de relevancia sugiere mayor detenimiento y provoca mayor alarma en torno al episodio.

Mientras realizaban su operación, que consistió en llevarse cuatro lochas de los asistentes, los hampones advirtieron el motivo de su irrupción: a nosotros nos mandaros, afirmaron, quizá sin imaginar la trascendencia de su confesión. No penetraron en el lugar para hacerse de un cuantioso botín, porque era fácil calcular la precariedad de los haberes de un grupo de periodistas reunidos para la atención de sus asuntos, sino porque los mandaron. El presidente del CNP se apresuró a comunicar el curioso detalle a la opinión pública, desde luego.

¿Qué se desprende de la confesión de los hampones? Estamos ante una afirmación aislada que no permite conducir a una generalización, pero su elocuencia no puede pasar inadvertida. No actuaron de manera espontánea. No improvisaron un plan para hacerse de un dinero y colorín colorado.

Los mandaron. Vayan y hablen del motivo de su visita, tal vez les ordenaran. Actuaron por mandato superior. Alguien trazó el plan y dispuso su ejecución, a pesar de que conocía de antemano el escaso provecho que produciría el asalto. Alguien de más arriba, que pudo ser un capo de mayor relevancia pero de poca cabeza, o cierto factor interesado en crear zozobra mediante la acción de la delincuencia. Si así lo pensó ese factor, acertó en la selección de un lugar como la sede del CNP para estrenar su recado.

No pocas veces se ha planteado una pregunta sin respuesta: ¿por qué el gobierno no hace nada, o hace muy poco para acabar con la delincuencia? No pocos malpensados han llegado a señalar la existencia de un pacto entre la delincuencia y la revolución, para sembrar un generalizado temor que obligue a una situación de pasividad capaz de favorecer los planes hegemónicos del oficialismo. Como resulta inconveniente la creación de brigadas de “camisas pardas” para asustar a la ciudadanía, se ha dicho, las excesivamente vistosas fuerzas de choque se pueden sustituir por la acción de la delincuencia.

La singular confesión de los asaltantes del CNP no permite el respaldo de semejantes afirmaciones, pero abren una posibilidad de explicación de los vínculos que pudieran existir entre el hamponato y los intereses del régimen. Los delincuentes hicieron una confesión extraordinaria, en todo caso, que permite una reflexión que no se puede calificar de ligereza.