• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Defensores de derechos humanos

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Esta semana Carlos Nieto Palma, colaborador de nuestras páginas que centra su trabajo en señalar e investigar los casos más evidentes en los cuales el Estado pervierte su razón de ser y se convierte en verdugo de los ciudadanos, colocó sobre la mesa de discusión un tema que, hasta que llegó el chavismo al poder, no estaba puesto en duda aunque jamás se le jerarquizaba en toda su amplitud porque se temía su capacidad y desarrollo dentro de una sociedad hambrienta de justicia y equidad.

Su propuesta se construía sobre una premisa que hoy nadie puede colocar en duda, a menos que se pertenezca al eje chavista comunista que pretende revivir en América Latina estos fogones de antaño de los cuales ya no quedan ni tizones. En el resto del mundo, con las consabidas excepciones esperpénticas de Corea del Norte y uno que otro país de África, las organizaciones no gubernamentales se han convertido en un modelo que no sólo tienen un fin específico, sino que le han enseñado a la sociedad en general una forma de actuación victoriosa ante el inmenso poderío de los gobiernos.

Lo inmensamente maravilloso es que estas ONG no cuentan con armamento ofensivo, ni se disfrazan de militares o se ponen la máscara de guardianes de la revolución, como ha ocurrido en Libia, Irak, Irán, y últimamente en Venezuela y Cuba. Actúan a cara descubierta, sin fines politiqueros, extrayendo de la sociedad civil los más hermoso y espontáneo del alma humana, la pureza de los principios que se han abandonado en el transcurso de los años y mancillado en función de los objetivos prácticos, es decir de las canalladas y las trapacerías de los grandes grupos económicos y los partidos. 

En su artículo, Carlos Nieto Palma advierte que “el defensor de derechos humanos es una de las carreras más peligrosas que existen en gran parte del mundo. Un ejemplo lo tenemos en Colombia, y en muchos lugares de Centroamérica, donde día a día vemos defensores secuestrados, perseguidos y hasta asesinados por su lucha por la dignidad y el respeto de los derechos humanos de los demás”.

La desmemoria y el cinismo protegen a las policías y a los militares que en vez de combatir el hampa, el narcotráfico y el contrabando, se dedican a sacarle provecho pecuniario a estas actividades haciendo la vista gorda, cobrando en dinero sólido y sonante peajes en zonas fronterizas o manejando directamente el flujo de caja de explotaciones mineras o tráfico de drogas o trata de blancas.

Nieto Palma valientemente cita “tres hechos trascendentales, entre muchos que hemos sufrido y donde la acción seria y honesta del trabajo de defensores y organizaciones de derechos humanos han demostrado las graves violaciones de derechos humanos cometidas en esa época y que nunca podrán ser olvidadas en la historia jamás: el caso de la Masacre de El Amparo dirigido por Ligia Bolívar y el equipo de Provea; el Caracazo y el Retén de Catia, llevado por Cofavic, todos con sentencia condenatoria por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.