• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Decepción latina

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Junto con las elecciones por la presidencia de los Estados Unidos, se votó en Puerto Rico el pasado 6 de noviembre sobre si la isla debería mantener su condición de Estado Libre Asociado, ser independiente o anexarse como un nuevo estado de la unión norteamericana. Por primera vez el resultado de esa votación no vinculante fue favorable a la anexión. Tal desenlace resulta decepcionante para los países de América Latina. Durante décadas la aspiración de los grupos progresistas de la región había sido la independencia de la isla, la cual significaría un paso más en la liberación de esta parte del mundo del imperialismo.

El hecho de que los puertorriqueños hayan mostrado una inclinación por unirse a Estados Unidos le inflinge una derrota a esas aspiraciones y es una muestra de lo poco atractiva que sigue siendo América Latina. Ante la disyuntiva entre los beneficios del imperio y el reconocimiento de su identidad, su lenguaje y su tradición, los puertorriqueños se pronuncian por la primera alternativa. Lo que deja mal parado al nacionalismo que tanto hemos atesorado en estas latitudes. Ni siquiera la fórmula intermedia del Estado Libre Asociado, que cumple ahora 60 años, y antes era mayoría, logra captar la preferencia de los puertorriqueños.

De acuerdo con el gran poeta Pablo Neruda, esa fórmula “vende idioma y razón, tierra y delicia, vende el honor de nuestra pobre América, vende padres y abuelos y cenizas”. Pero más lo haría la fórmula de la anexión, la cual sería el reconocimiento de la entrega. Sin embargo, para nuestra desilusión, esa ha sido la solución que democráticamente le ha parecido más atractiva a los votantes puertorriqueños. Lo que crea la interrogante de por qué la evolución política de las naciones hispanoamericanas no ofrece una alternativa tentadora.

 Los puertorriqueños han dicho formalmente que prefieren el norte. Lo que nos obliga a hacer un examen de conciencia y a preguntarnos donde ha fallado América Latina. A interrogarnos por qué nuestros hermanos de Puerto Rico, iguales a nosotros, prefieren los beneficios de integrarse al coloso del norte a la identificación con una cultura de la que forman parte.

Quizás sea que le teman a la arbitrariedad, que quieran protegerse de los Pinochet, de los Ortega y los Chávez, aun bajo el riesgo de perder su independencia y hasta su idioma. Aunque no nos agrade su decisión, los puertorriqueños se han pronunciado en un sentido que deja mal parada a la América Latina, orgullosa de su soberanía e independencia.

Preguntarse sobre cuál es la razón de que el imperio sea más atractivo para nuestros hermanos puertorriqueños sería una manera de realizar un examen de conciencia que nos permita superar la autocomplacencia de nuestros líderes y su fácil recurso de adosar a las malas mañas del imperio las insuficiencias de nuestros liderazgos. Es un tema para debatir, y sobre todo para reflexionar.