• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Daltonismo político

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Edición tardía de los frentes populares impulsados por la Internacional Comunista (fórmula que, en Chile, alcanzó el poder en 1937 mediante una coalición constituida en torno a la candidatura de Pedro Aguirre Cerda por los partidos Radical, Comunista, Democrático y Radical Socialista, y organizaciones como la Confederación de Trabajadores, el Frente Único Araucano y el Movimiento Pro-emancipación de las Mujeres), la Unidad Popular ensayó, entre 1970 y 1973 y bajo el liderazgo de Salvador Allende, instaurar un régimen socialista en el país austral por vías diametralmente opuestas a las utilizadas por los guerrilleros cubanos.

Ese defecto de nacimiento prefiguraba una muerte prematura porque la Guerra Fría estaba en su apogeo y experiencias como esa podían terminar siendo un virus muy contagioso, como años después lo ha sido el modelo chavista.

La locura incurable de Fidel Castro le llevó a permanecer un mes entero en Chile, interfiriendo con echonería caribeña en los asuntos internos, agitando a los seguidores del “Chicho” -como cariñosamente llamaban a Allende- y provocando con sus desplantes a una oposición que nunca fue convocada al diálogo y que, a la vez, era acosada por las brigadas izquierdistas “Ramona Parra”.

La impaciencia y el radicalismo exacerbado de los quintacolumnistas que Fidel Castro infiltró en las organizaciones de masas presionaron, hasta más no poder, al equipo gobernante para que se precipitara hacia el abismo comunista. Y pasó lo que sabemos: el gorilato derechista reaccionó y con todo su poder de fuego desalojó a las autoridades legítimamente constituidas, encarceló a miles de chilenos y asesinó a decenas de prisioneros. El antecedente es aleccionador y pareciera que no estamos dispuestos a aprender de ese trágico ejemplo.

En paralelo, o como consecuencia del experimento chileno, se sucedieron en Perú y Bolivia regímenes militares de fachada o corte nacionalistas que intentaron reformas que no sintonizaban con el momento histórico. No corrieron con suerte y su destino fue, sino la desaparición física como la de Allende, sí la muerte política como en los casos de Torres y Velasco.

No podemos especular qué hubiese pasado con la Unidad Popular de no haberse cruzado Pinochet en su camino; podemos, sí, afirmar que este militar adujo las mismas razones a las que se aferran redentores como los Castro, los Ortega y los Chávez para, en el fondo, actuar exactamente igual que los dictadores Batista, los Somoza o los Trujillo.

Lo que distingue a aquellos de estos es su alienación (y alineación) ideológica. Los primeros serían revolucionarios e izquierdistas; los segundos, fascistas y derechistas. Ambos bandos son igualmente sectarios y excluyentes. Y sucede, además, que -como trinó alguien en Twitter- “Ver el mundo en términos de izquierda y derecha es un daltonismo de la inteligencia”.