• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Da vergüenza

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“No hay que repudiar a Nicolás Maduro por no haber ido a la universidad, sino por odiar a los que sí fueron”, trina certeramente en su cuenta de Twitter un habitual cronista de los 140 caracteres. Y es cierto, sólo la envidia y el resentimiento pueden motivar los constantes ataques del presidente proclamado por el CNE y sus adláteres contra las universidades en general, y la UCV en particular.

El conflicto universitario ha dejado entrever que el problema no es presupuestario -o no lo es solamente- sino que concierne a una concepción de la educación superior, la del oficialismo, que no puede ni quiere tolerar la autonomía de las más altas casas de estudio como garantía de la libertad de cátedra y soporte de la enseñanza crítica y la investigación para el progreso.

Se apoyan en parapolicías y matones infiltrados, clones de aquellos encapuchados que pintaban sobre los murales de la plaza cubierta de la ciudad universitaria consignas del tipo “abajo el revisionismo”, aplazados consuetudinarios que se oponían con ferocidad al reglamento de repitientes y a cualquier otra norma orientada a mejorar el rendimiento estudiantil so pretexto de que se atentaba contra la democratización de la educación. Los enmascarados actuales, amparados en la impunidad que le garantizan los de antes, ahora enchufados al Gobierno, no se conforman con atacar violentamente a profesores y estudiantes, lo cual de sí es condenable desde todo punto de vista, sino que -sin sentido de la proporciones y ayunos de valores éticos y estéticos- arremeten con ánimo destructivo contra obras de arte que forman parte de nuestro más preciado acervo cultural.

Hoy da vergüenza constatar de qué desaforada manera ucevistas ascendidos a ministros se arrodillan ante el poder central exhibiendo, como muestra de fidelidad perruna al jefe de turno, su total desprecio por la noble casa que les brindó el ascenso social -y político- que ahora disfrutan.

Da vergüenza verles hechos pura genuflexión para hacerse cómplices de las arremetidas de sus forajidos y paniaguados contra un campus, como el de la UCV, que ha sido declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, y que fue su refugio cuando ejercían de rebeldes sin causa, tirapiedras a tiempo completo y guerrilleros de cafetín.

Da vergüenza ver como desdeñan la exaltada poética del arte contemporáneo con la cual Carlos Raúl Villanueva se reinventó como arquitecto, legándole al país -y al mundo- una extraordinaria saga de la arquitectura, sobre la base de la integración de las artes, y la instalación, de forma admirable y definitiva, de la modernidad en Venezuela.

Da vergüenza verificar que en nuestro patio tiene vigencia plena la agria reconvención de Woody Allen a los jóvenes que aspiran a ser alumnos de por vida: “Hay estudiantes que les da pena ir al hipódromo y ver que hasta los caballos logran terminar su carrera”.