• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Cunas o urnas?

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“¿Cuál puede ser la vida que comienza entre los gritos de la madre que la da y el llanto del hijo que la recibe?”, se preguntaba Baltasar Gracián; y cuál, preguntamos nosotros, podrá ser el rumbo de una existencia que, además de los naturales quejidos maternales y las inaugurales lágrimas del neonato, debe enfrentar la incertidumbre de hacerlo en un recinto –la Maternidad Concepción Palacios– cuya nobleza ha sido empañada por la desatención, no de un personal médico y sanitario que mucho hace con lo poco que tiene a su alcance, sino por el hacinamiento y la falta de recursos que han sumido a las instituciones hospitalarias del país en una profunda crisis, asistencial y existencial, diríamos, porque, dadas las historias que se tejen en su rededor, ya las parturientas no dan a luz sino a las tinieblas.

El pesimismo de Gracián y la amargura de nuestra introducción tienen un punto de convergencia en la reseña que hicieran los medios del último y primer alumbramientos de los años viejo y nuevo ocurridos en la popular maternidad del oeste caraqueño: dos niños varones que comparten nombre, Rino Josué Vásquez y Anthony Josué Lugo, y afortunadamente se encuentran sanos y rozagantes (a pesar de los abusos de los taxistas que extorsionaron a las humildes parturientas para trasladarlas al materno-infantil), gracias a las atenciones especiales que la tradición manda para estos emblemáticos nacimientos.

El feliz arribo de este par de Josués no puede, sin embargo, ocultar que, según la denuncia de sus familiares, la falta de especialistas y la carencia de insumos dificultan que las pacientes internadas en los centros de San Martín y Caricuao puedan ser dadas de alta sin contratiempos.

¿Cuál puede ser la vida que aguarda a quienes, apenas abren los ojos, se topan con la degradación de los servicios sanitarios y la inexistencia de suministros (reactivos, portaobjetos, retortas, tubos de ensayo, etc.) destinados a diversos análisis de laboratorio y al diagnóstico de potenciales trastornos que puedan influir en el desarrollo de los infantes?

¿Cuál puede ser la vida que espera a quienes, una vez destetados, no pueden ser alimentados con los suplementos adecuados en virtud de un perverso control de cambio que escatima las divisas imprescindibles para su adquisición; y cuál el de las madres angustiadas porque no consiguen talco, jabones o pañales desechables, ni detergente para lavar los de tela, símbolo del estado de semiesclavitud que el machismo bolivariano ha exacerbado?

¿Cuál será la vida que depara a esos muchachos un régimen que juró iba a acabar con los niños de la calle y no solo los multiplicó sino que los convirtió en pranes? ¿Acaso no tienen derecho a una niñera que viaje a Brasil con Elías and family?

No tenemos respuestas satisfactorias a estas interrogantes, y ante el temor de que las cunas se conviertan en urnas solo nos queda evocar a Shakespeare: “Lloramos al nacer porque venimos a este mundo, inmenso escenario de dementes”.