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EDITORIAL

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Cumbres devaluadas

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No parece haber muchas razones para ocuparse de las reuniones iberoamericanas, tan venidas a menos en sus tres más recientes convocatorias, quien sabe si últimas. Sin embargo, la decadencia de esos encuentros, que tanto interés despertaron desde la primera cumbre, en 1991, invita a pensar en lo que hoy significa su menosprecio en nuestro lado del Atlántico.

Es pertinente recordar que la primera cita iberoamericana tuvo lugar cuando se cultivaban amplias y diversificadas coincidencias entre gobiernos comprometidos con la democracia y con la necesidad de enderezar el manejo de las economías de sus países, procurándoles oxígeno en acuerdos regionales, hemisféricos y extracontinentales. Tales entendimientos eran la secuela de los encuentros por el Grupo de Contadora y el Grupo de Río, en los años del nacimiento del Mercosur, la renovación del Acuerdo de Cartagena como Comunidad Andina y la del Tratado de Managua como Sistema de Integración Centroamericana. A la vez, surgía la propuesta de un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas y se formalizaban acercamientos a la Unión Europea.

No todo era economía y “Consenso de Washington”, como caricaturiza la mirada parcial sobre aquellos años. Había una intención diversificadora de vínculos y oportunidades, acompañada por expresas y detalladas cláusulas cada vez más refinadas sobre solidaridad democrática, protección de los derechos humanos y una visión de la seguridad que propiciara la cooperación franca.

Eso quedó atrás, y las inasistencias y frialdades ante la Cumbre Iberoamericana bien pudieran interpretarse como mera pérdida de vigencia de estos encuentros. La confirmación parece estar a la vista: han cambiado las prioridades, metido cada cual en las urgencias impuestas por una sucesión de crisis económicas y políticas muy profundas y de largo alcance. Y, sin embargo, el movimiento del foco económico, en muchos casos hacia el Pacífico, no ha sido lo decisivo, a juzgar por la atención a las relaciones económicas y el interés de aproximación a las antiguas metrópolis que siguen mostrado los gobiernos de buena parte de Latinoamérica. Pero cada cual negocia lo que necesita y puede sin atarse a principios convenidos.

El movimiento profundo, especialmente el de aquellos presidentes cuya inasistencia revela desdén hacia este y otros foros, es el gradual rompimiento con los principios antes compartidos sobre cláusulas democráticas, de derechos humanos y de seguridad: sea que se trate de desdén por convicción, por indiferencia, por mero cálculo de un turbio “hoy por ti mañana por mí” o por otras cuentas y cuentos mucho menos confesables.

La cita en Panamá tenía como tema “El papel político, económico, social y cultural de la Comunidad Iberoamericana en el nuevo contexto mundial”, es decir, su sinceración de compromisos. Es ese el tamiz por el que hay que pasar la palabra de los presidentes latinoamericanos, espacialmente los ausentes, ante sus propios países.