• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La Cumbre: antes y después

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Todo fluyó sin mayores sorpresas en Panamá, lo que en lugar de restarle importancia le suma trascendencia a un encuentro precedido por una generalizada voluntad de reacercamiento y por una particularmente visible presencia de lo no gubernamental.

En esta Cumbre se manifestó un movimiento que trasciende el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos. Se han conjugado las cosechas del giro diplomático del gobierno de Barack Obama hacia Latinoamérica y el Caribe, las razones económicas que urgen a la región a cultivar los vínculos con un socio grande y cercano que recupera crecimiento y, no menos importante, el desgaste de los discursos radicales y sus prácticas como, de modo extremo, se manifiesta en todos los registros de la crisis venezolana. Digamos que tanto Estados Unidos y Cuba como el vecindario en su conjunto han tenido buenas razones para proteger y celebrar el reencuentro hemisférico.

Al sentido práctico, con el que hasta el gobierno venezolano se vio obligado a bajarle el volumen internacional a sus denuncias de injerencia, se sumaron las de principio que con tanta fuerza llevaron voces no gubernamentales a Panamá, más de lo que se había anticipado.

Hasta el enfrentamiento entre activistas opositores y los movilizados por los gobiernos de Cuba y Venezuela tuvo la virtud de mostrar la importancia de no relegar los valores democráticos sobre los que se funda este o cualquier otro encuentro que pretenda ser constructivo.

A recordarlo contribuyeron quienes no permanecieron callados ante las agresiones y quienes presentaron sus diagnósticos y propuestas para la protección efectiva de todos los derechos humanos, incluido el de disentir.

En ese coro cada vez más perceptible y difícil de ignorar sobresalen personas y organizaciones que, desde diversidad de perspectivas, se vienen ocupando de la situación venezolana. Genuinos representantes de la sociedad civil colocaron el caso sobre la mesa, a ellos se sumaron individualidades entre las que destacaron los 25 ex presidentes firmantes de la Declaración de Panamá sobre Venezuela. Un hito de enorme significación, ruidosa ayuda memoria sobre los principios en los que se fundaron estas convocatorias hace poco más de 20 años.

De esta manera, la Cumbre de Panamá ha devuelto, en un momento más que propicio, la necesaria relevancia geopolítica a las reuniones hemisféricas. El nuevo clima, sin duda, contribuirá a que los temas acordados por los gobiernos y muchos de los propuestos por los foros de jóvenes, de la sociedad civil, empresarial y académico reciban atención y seguimiento.

Pero esa renovada relevancia no garantiza el rescate de los compromisos con la democracia y los derechos humanos que acompañaron a estas Cumbres en sus primeros años e inspiraron la Carta Democrática Interamericana. Por lo pronto, queda el eco de un potente coro de voces dispuestas a recordarles a los gobiernos de Latinoamérica y el Caribe, una y otra vez, que la geopolítica no debe moverse de espaldas a la gente.