• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cuba asegura su existencia

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Mucho se ha especulado sobre la reunión de Obama y Raúl Castro en Panamá y sobre los próximos pasos que seguirán a este encuentro que, como ellos mismos admitieron, les parecía un escenario menos que imposible tres años atrás. Pero la historia está llena de sorpresas de este tipo y también de virajes políticos inesperados que los analistas más experimentados no pudieron detectar a tiempo.

Nada más sorpresivo que el viaje del presidente Richard Nixon, un derechista a rajatabla, a la República Popular China donde mantuvo conversaciones con el presidente Mao y su mano derecha Chou En- lai. A este último, Kissinger lo calificó de uno de los hombres más inteligentes que él había conocido. Kissinger no regalaba elogios a nadie como no fuera a sí mismo cuando se afeitaba ante el espejo.

Lo cierto es que ante ese paso histórico gigantesco muchos le asignaron una vigencia efímera a esa “amistad entre los dos pueblos” y un fracaso inevitable que le haría mucho daño a Estados Unidos y a las democracias occidentales. Hoy vemos con asombro como China no solo ha logrado a su manera el insólito mestizaje de capitalismo con comunismo, sino que también ha impulsado su economía y su influencia política mundial al punto de convertirse en una gran potencia.

Ejemplos sobran ya sea de gigantes como la Unión Soviética y su perestroika  o de pequeños países como Vietnam que han rediseñado sus economías y las han insertado exitosamente en el mercado mundial capitalista.

Pensar que los resultados del acercamiento entre Estados Unidos y Cuba pueden dañar a uno de los dos protagonistas es una solemne estupidez. Por una parte, el presidente Obama está en el momento más propicio para tomar medidas que al inicio de su mandato le estaban vedadas por la urgencia de poner orden en el caos que había heredado del presidente Bush.

Los análisis estratégicos señalaban una y mil veces que si se producía un desplome inesperado del régimen cubano, el sur de Estados Unidos colapsaría en todos sus servicios por la ola de refugiados que, a pesar de la caída del comunismo, no iban a esperar años para disfrutar de una vida mejor mientras remendaban un país que hacía aguas por todas partes. De manera que era necesario detener el tsunami a tiempo.

El otro escenario, más peligroso aún, era que el Ejército se anarquizara en la lucha por el poder y que las policías perdieran autoridad y capacidad para imponer el orden en un país sediento de venganzas y con muchos civiles expertos en el manejo de armas y veteranos de las guerras en el exterior. En todo caso, la economía se paralizaría, el racionamiento iría en aumento y la inseguridad convertiría las ciudades en centros de peligro.

De forma que cualquier intento de cambio que no se produzca cuidadosamente por etapas, a paso firme y de manera continuada, puede ser un salto al vacío. Raúl Castro sabe que con Estados Unidos a corta distancia y su permanente capacidad de mover las aguas, la mejor receta es llegar a un acuerdo pacífico mutuamente beneficioso.