• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Crimen y turismo

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Mientras el país atravesaba la Semana Santa y en medio de la lucha incesante de los jóvenes estudiantes por la democracia y la libertad, muchos venezolanos aprovecharon para viajar, visitar a sus familiares e ir de compras. Es su derecho y el gobierno está en el deber de garantizar que la población se desplace y disfrute sin ser víctimas del hampa.
Según Izarrita, jeque del turismo nacional, ni siquiera un mosquito con dengue se cebó en los viajeros. Es una lástima que en Caracas hayan suspendido el servicio de agua potable y que miles de temporadistas no contaran en los terminales con baños para sus necesidades más elementales.  
También se lastimó al resto del país. Veamos, por ejemplo, Margarita y su playa El Yaque. Considerado como uno de los cinco mejores lugares del mundo para practicar windsurf y kite surf, El Yaque es de los pocos parajes que, en Margarita, aun atraen a turistas durante casi todo el año, pues, por su ubicación, “permite que los vientos se deslicen paralelamente a la costa obteniendo una aceleración natural”.
En esta playa irrumpieron -el pasado Sábado de Gloria- dos motorizados de los tantos que se inspiran en la revolución bolivariana. Disparando a discreción y sembrando el pánico entre centenares de bañistas y veleristas que disfrutaban de la arena, el viento y el mar, fomentaron un incidente alarmante que, afortunadamente, no se tradujo en víctimas que lamentar. Pero ello indica que la inseguridad conspira contra el turismo insular.
La devaluación que golpea de manera brutal a la población tendría que funcionar como poderoso imán tanto para el turismo de sol y playa, cuanto para el de nichos como el religioso, el ecológico o el ornitológico, para sólo citar algunas modalidades de gran potencial en nuestro territorio.
Pero es tal el peso de la inseguridad que, a no ser que se tenga vocación suicida o adrenalina para vivir aventuras extremas, nadie se atreve a visitar un país convulsionado por la violencia y depauperado por una revolución que desconfía de huéspedes extranjeros si no son admiradores del proceso. Turista rubio o afrodescendiente que hable inglés es sospechoso y hay que vigilarlo.
Pero la devaluación, que podría favorecernos, queda empantanada en las idioteces de Izarrita: ¿quién puede vacacionar con las astronómicas tarifas que cobran los hoteles del oficialismo administrados por cubanos que, por una noche, te cobran más que un salario mínimo?
Y, si aceptamos la inflación, tropezamos entonces con la escasez. Si visitamos el puerto libre de Margarita o la zona franca de Paraguaná, sólo encontraremos anaqueles vacíos... y ni siquiera nos podemos echar un trago porque la moralina oficial, que no entiende del negocio, impone una ley seca que en nada contribuye a la disminución de accidentes.
El hampa sobre dos ruedas no es cosa nueva en Margarita. Pocos meses atrás un incidente similar tuvo lugar en el Sambil de Pampatar. Entonces, como ahora, el secretario de seguridad de la gobernación de Nueva Esparta, coronel Aquilino Mata, aseguró que no había razones para temer, pues él y sus hombres estaban, como los boy scouts, siempre listos para proteger a la población. ¿Dónde estaba ese coronel cuando, en la marina del Concorde, asesinaron a un navegante holandés o cuando ultimaron a un turista alemán en las afueras del citado centro comercial?
La falta de incentivos para el turismo en un régimen militar como el que nos acogota tiene algo de paradójico. Las dictaduras, como la de Cuba, son afectas a la denominada industria sin humo porque ésta les permite captar divisa y mostrar al mundo un rostro lavado de sus ignominias. En Margarita, en cambio, el coronel Mata sí tiene quien le escriba: los motorizados armados.