• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Crece el cerco

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No existe prácticamente ninguna instancia oficial desde donde no se dispare descaradamente contra El Nacional, sus trabajadores y sus directivos. El odio del oficialismo contra este medio de comunicación independiente y democrático no sólo es injustificado sino que semeja al fanatismo de los sectores más radicales del terror islamista.

La pregunta exacta es por qué se desperdicia desde el Gobierno tanto tiempo y esfuerzo en lograr un objetivo inalcanzable como lo es el cierre de este medio de comunicación, uno de los pocos empeñado en informar apegado a los hechos y abierto a la libre expresión de las ideas.

El jueves se supo que El Nacional había sido multado con una cifra multimillonaria por una juez que consideró ofensiva una foto que publicamos hace años atrás, en la que reflejábamos una angustia que sacude nuestra sociedad: la inseguridad y el número de homicidios.

Pero al Gobierno lo que les preocupa es que los diarios informen sobre estos hechos. Corren asustados cuando se publica que aumenta el número de secuestros, de asaltos y robos. O que en lo que va de año 100 mujeres han perdido la vida a manos de sus parejas, de asaltantes o balaceras en los barrios pobres.

Esta crueldad no les parece algo punible, pero basta con ver una fotografía en un diario para que se desaten los demonios, se impongan multas y se cerque a un medio de comunicación. ¿Por qué una imagen o una palabra es más peligrosa que un disparo o una puñalada?

En una sociedad democrática la seguridad jurídica es lo que permite saber el contenido de las normas y juzgar qué conducta es mala o buena. Pero si un juez cambia las normas y las aplica a su manera, el imputado queda desprotegido. En el caso de El Nacional la honorable jueza aplicó el artículo 234 de la Lopna, que no viene al caso en la prensa escrita porque se refiere a la programación, a los horarios y contenidos de los medios radiotelevisivos.

La honorable jueza confundió este periódico con una estación de televisión. Nosotros preguntamos respetuosamente cuál es nuestro horario de programación, a qué hora nos leen los niños, qué debemos escribir para no herir las susceptibilidades de los adolescentes. No sabemos cuándo nos convertimos en canal de televisión y dejamos de ser un periódico.

Nos preguntamos por qué los jueces no actuaron cuando calificaron por televisión a nuestro presidente editor, Miguel Henrique Otero, como un hijo de p…., insultando a María Teresa Castillo, una dama ya fallecida y que se caracterizó por ser de ideas revolucionarias toda su vida.

La justicia ahora se ha personalizado y dividido en dos toletes: una que se aplica duramente a El Nacional y a Tal Cual, y otra que acaricia a los medios oficiales. A los primeros se les aplican multas desproporcionadas sobre las ganancias brutas, olvidando los contratos colectivos, los impuestos a la renta, los seguros, las becas y las donaciones. La locura fanática, señores.