• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cosecha roja

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Hoy entierran a Alejandro Andrés Fermín Royé, otro joven venezolano vilmente asesinado por el hampa que castiga al país. Se suma esta víctima a los cientos de asesinatos ya cometidos durante estos meses, a los miles del año pasado y a los cientos de miles de la última década, que son parte de una guerra no declarada, pero que constituyen la cosecha sangrienta de un gobierno que le ha dado poca importancia a esta tragedia nacional.

Mientras el hampa se desborda, se gastan millones de dólares en armamento inútil que no sirve para defender a los ciudadanos de nuestras ciudades y pueblos, constantemente amenazados por un enemigo que siempre se sale con la suya y que, con toda impunidad, le ha ganado los espacios a la gente buena y decente de este país.

Alejandro, como un hijo honesto que se da de baja en esta guerra, deja un hogar en luto, el de dos figuras públicas: Claudio Fermín, ex candidato presidencial y profesor universitario, y la periodista Jesmin Royé, a quienes el destino le juega tan mala pasada.

Para ambos, desde ayer la vida será otra distinta y dolorosa, al igual que lo es para miles de familias venezolanas que en el anonimato cargan la tristeza y la furia de ser víctimas de tanta injusticia. Morir por unos zapatos, por un carro, por escapar asustada, como la joven abogada Fabiana Daniela Lujan Santana, vilmente asesinada en Sebucán hace tres noches por no detener su auto ante un evidente secuestro.

Ayer, 4 de febrero, surcaban el cielo de Caracas aviones que le constaron millones de dólares a los venezolanos (el pueblo los llama jocosamente payasos del aire porque animan el circo bolivariano) mientras que en las calles de la capital están ausentes los agentes del orden y son escasas las patrullas policiales y otros recursos para combatir el crimen.

Criminales no solo son los malhechores, sino también quienes permiten que nuestros cuerpos de seguridad y las policías regionales y municipales carezcan de recursos y estén desprotegidos frente al hampa.

Son traidores a la nación quienes teniendo la responsabilidad de combatir el crimen y educar a nuestra población en la paz y el respeto ciudadano descuidan su deber. Miles de horas gastadas en vender el socialismo en los medios públicos, pero incapaces de desarrollar programas educativos para prevenir el delito, educar a nuestros jóvenes en el respeto por la vida y la propiedad de los demás.

Alejandro, Fabiana y tantos otros cientos de jóvenes venezolanos que se han ido con sus sueños, dejan familias destruidas y sin el derecho de disfrutar de sus hijos. Esas muertes no se las merecen ni sus padres ni el país.

Una nación segura no la tendremos mientras el Gobierno no asuma su verdadera responsabilidad. Así como cuidan a cientos de burócratas bolivarianos enriquecidos gracias a los recursos del Estado, de igual manera deberían aportar suficientes recursos para proteger a los hijos de esta tierra.