• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Correa y Chávez

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La reelección de Rafael Correa, que por lo pronto extenderá a diez años su permanencia en el poder, ha sido leída como la posibilidad de que el presidente ecuatoriano contribuya a prolongar la proyección regional de la llamada izquierda bolivariana a medida que se difumina la presencia de Chávez y su petrodiplomacia.

No es poco lo que asemeja a los dos personajes, al civil y al militar. Así se nota en el discurso antipartidista y agresivo del temperamental y carismático Correa; la constituyente con que incorporó a la Constitución la reelección inmediata, acentuó el estatismo centralista y que ahora le parece insuficiente; la presión abierta sobre los medios de comunicación críticos del Gobierno y la perdida de independencia del Poder Judicial; la bonanza por aumento de los precios petroleros que estimuló el incremento del gasto del Gobierno y el fortalecimiento del sector público de la economía en detrimento del privado; la disminución de la inversión extranjera y de las exportaciones no petroleras mientras crecen las importaciones y necesidades de financiamiento; el endeudamiento con China que compromete producción petrolera a futuro; las tensiones con Estados Unidos, el acercamiento a Mahmoud Ajmadinejad y los acuerdos con Irán; la aproximación a La Habana y recepción de médicos y asesores deportivos cubanos; la participación en la Alianza Bolivariana y las amenazas de abandono de la Comunidad Andina.

Con todo, y sin restar importancia a esas características compartidas, hay más que matices que se deben considerar. Correa no se ha movido en la misma escala; no obstante que el aumento del gasto público fue acompañado por ineficiencias y corrupción, su gobierno ha mantenido cierto orden en la economía, que sigue dolarizada, y ha hecho inversiones importantes en su propio país, en el sector petrolero, en infraestructura y en servicios; se tomó su tiempo para incorporarse a la Alba empeñado como ha estado en cultivar un perfil internacional propio, sin patrocinio de Caracas ni de Cuba, sin obsesiones dispendiosas de liderazgo regional, quizá teniendo en la memoria que desde 1996 es el primer Presidente que logra terminar su período constitucional.

El arrollador triunfo electoral de Correa y su partido ante una oposición fragmentada y sobre el camino andado en el desmontaje de los protocolos democráticos le dan ahora mayor margen de maniobra. Ya en Quito se anuncia la profundización de ³la revolución correísta².

El freno para la consolidación del personalismo y sus secuelas se encuentra en la superación de la atomización de los opositores, con franca voluntad democrática, para detener la destrucción institucional. Eso vale para Ecuador, Venezuela y Bolivia, Nicaragua y Argentina. La retirada de Chávez dejará en el aire a la Alba y Petrocaribe y, también en el aire, una

pregunta: ¿Qué otro gobierno en su sano juicio estaría dispuesto a promoverse fuera de sus fronteras a expensas de las oportunidades, necesidades y soberanía de su propio país