• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Corazón de piedra

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Ayer las madres “celebraron” su día; la víspera ¬–a pesar de la lluvia que, según Maduro, cayó porque “Diosito y Chávez soplaron las nubes”– muchas de ellas manifestaron su solidaridad con aquellas cuyos hijos han ido a dar con sus huesos a la cárcel, en virtud del brutal castigo impuesto por un gobierno que no solo ha perdido el rumbo y la razón, sino también los petrodólares para reconstruir el país y retomar la esperanza.

Esas mujeres, por su resolución, su fortaleza y su indestructible valentía nos recuerdan a Pelagia, la incansable luchadora que es víctima, como su vástago, Pavel, de la salvaje represión de la policía  zarista en la novela La Madre, escrita por Máximo Gorki en 1907, conceptuada por muchos críticos como el germen de lo que después se llamará realismo socialista.

Es curioso que este autor haya escrito, mucho antes de que se consagrara el segundo domingo de mayo a homenajear a las madres, que “no se le puede poner precio al amor, pero sí a todos sus accesorios”. Un profesional de la moderna mercadotecnia no lo hubiese dicho mejor.

Es de esperar de quienes hoy se dicen revolucionarios y se creen marxistas, sin leer ni entender a Marx, hayan al menos, como solían hacer los viejos comunistas, leído un resumen de esa popular obra y haya quedado en ellos una pizca de sensibilidad respecto a la abnegación materna.

Sin embargo, quienes gobiernan, de Maduro para abajo, demuestran que están curados de lo que en su presunta reciedumbre revolucionaria consideran sentimentalismo burgués. O acaso su desdén responda a algún tipo de desorden psíquico que les hace proyectar sobre las madres de “los otros” las desavenencias que hubiesen podido tener con progenitoras autoritarias. Y, de no ser así, ¿cómo explicar que las madres venezolanas estén sometidas a toda suerte de penurias y tormentos ante las cuales palidece el sufrimiento de Pelagia?

La ordalía diaria de nuestras madres comienza con el tempranísimo despertar de un mal dormir a fuerza de sobresaltos por lo que pudiera estar ocurriéndoles a sus hijos a manos de un hampa despiadada o de unas no menos crueles y desenfrenadas fuerzas del orden, de cuya actuación para reprimir las protestas estudiantiles se han documentado miles de casos de violaciones, vejámenes y torturas.

Las que trabajan han de soportar un degradante transporte público para trasladarse y ganar un miserable salario que ni siquiera alcanza para cubrir el costo de la cesta básica. Las que se dedican a las “labores del hogar” salen  a la calle -llueva, truene, relampaguee- resignadas a hacer largas colas o fatigosas peregrinaciones en busca de los productos esenciales para mantener un mínimo nivel de bienestar, cada vez más bajo, por cierto.

Es admirable la constancia y paciencia con que esas mujeres sobrellevan las privaciones e insuficiencias que se traducen en un  feroz descenso de su calidad de vida. Y más sublime aún es su identificación con las luchas e ideales de sus hijos para quienes desean asegurar un porvenir que a ellas no les tocará  disfrutar, pero por el cual están dispuestas a entregar hasta sus existencias.

Gorki afirma: “La gente no cree en palabras desnudas. Hay que sufrir y empaparlas  de sangre”. Tal vez esta sentencia es lo único que compartan nuestros gobernantes con el novelista ruso. De allí,  esta sangrienta orgía en que ha devenido el enfrentamiento con quienes protestan.

Y puede ser que los oídos sordos al clamor materno se deban –para seguir con Gorki–  a que “para triunfar en la lucha por la vida, el hombre ha de tener o una gran inteligencia o un corazón de piedra”. Los revolucionarios bolivarianos han demostrado que carecen de lo primero y tienen sobreabundancia de lo segundo.