• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Convocar demonios

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Lo afirmó Goethe, escritor del más famoso pacto con el diablo: el aprendiz de brujo no debe convocar a los demonios, porque después no puede controlar las fuerzas que ha desatado. Entusiasmado con los atributos que cree poseer, sentenció Goethe, el novato en el universo de los conjuros y las hechicerías pierde la influencia sobre los elementos superiores que pretende colocar a su servicio.

En definitiva, terminan actuando como les viene en gana sin atender las instrucciones de quien apenas es un iniciado, un hombrecito de este mundo a quien le está negada la posibilidad de jugar con factores que lo sobrepasan y con los cuales no está acostumbrado a tratar, aunque lo ha deseado desde lo más íntimo de su ser.

Una vez libres, una vez sacados de su oscuro rincón, los demonios desatienden el llamado del convocante. Son autónomos y nadie puede restringir su autonomía. Tienen mil cabezas propias, que un cualquiera no puede suplantar. Los demonios no sólo se convierten en dueños de la situación, sino que también transforman al convocante en juguete de sus deseos. Sólo otro brujo de mayor pericia puede meterlos en cintura, o un cónclave de brujos que juntan sus fuerzas para impedir que se desate un huracán en el cual hasta las potencias de ultratumba pueden quedar mal paradas. Cuando actúa el aprendiz de brujo sobreviene un caos de complicado pronóstico, en suma.

¿No está jugando Nicolás Maduro un papel semejante? ¿No convida fuerzas que en principio considera propicias para sus intereses de dominación, pero sobre las que después no podrá ejercer ningún tipo de influencia? Sus órdenes de intervención de una empresa de electrodomésticos permite la analogía que ahora se propone.

Cuando dice que no quiere ver anaqueles vacíos, ¿no está invitando a que se penetre a mansalva en los locales de un negocio hasta convertirlo en desierto? Cuando señala la existencia de factores macabros y parasitarios que atentan contra unos seres indefensos y expoliados, ¿no anima fuerzas que quieren hacer justicia por su propia mano? Maduro cree contar con atributos suficientes para evitar que las aguas se salgan de cauce, pero en realidad carece de ellos en absoluto.

La tierra se arrasa porque nadie puede detener el hacha de los arrasadores sino cuando han terminado su trabajo, o cuando no queda más remedio que detenerlas mediante el derramamiento de sangre.
Ya ocurrió un saqueo. Maduro no lo llama saqueo, sino percance, pero de ese tipo de percances están llenas las páginas de la historia.

Empiezan como movimiento localizado, como evento aparentemente aislado y solitario, pero después se extienden porque no existen fuerzas que en principio los puedan dominar. Sólo una autoridad armada hasta los dientes y dispuesta a detener el estrago a través del estrago, puede restablecer la situación que existía antes de que el aprendiz de brujo hiciera el primer conjuro. No valen fuerzas armadas, ni policías valientes, ni magistrados sensatos, para que la destrucción se detenga de buenas a primeras. Antes hay que matar y morir, en medio de un torbellino.

La pluma de Goethe no se detuvo en la descripción de un pacto con Satanás para regodearse en los ejercicios de su fantasía, sino para llamar la atención sobre cómo la prepotencia, la ambición, la ignorancia y la ceguera de un hombre pueden causar dolorosas tragedias a sí mismo y a una sociedad determinada.