• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Consejos familiares

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El director del Cicpc nos sorprende con unos consejos cargados de buenas intenciones. Deja por un momento su acucioso trabajo de perseguidor de delincuentes para penetrar en el seno de nuestros hogares. Se quita por un momento el uniforme de trabajo para ser como cada uno de nosotros ante los agobios de la parentela.

En lugar de presentarse como un burócrata lleno de complicaciones, quiere  ser como cada uno de los padres de familia que tienen a su cargo el destino de los jóvenes de la residencia doméstica. Mucho se le debería agradecer por la misericordiosa conducta, si no le sirviera para ocultar una crisis que escapa a lo que cada cual puede hacer con sus hijos y con sus sobrinos en la rutina de todos los días.

En efecto, el señorón del Cicpc se aleja de los partes de guerra y de las operaciones belicosas que dirige para asomarse a otro tipo de batallas. Los padres deben ocuparse más de sus hijos. Hay muchas tentaciones en la calle, agrega, como si hablara desde el púlpito de esos curas viejos que escasean cada vez más. Se debe enfrentar con toda seriedad el problema de “las malas compañías”, afirma después.

Es decir, hay que actuar como las abuelas de antes a quienes atormentaban las manzanas podridas que podían colarse en el seno de una canasta cuya limpieza se debía vigilar como obligación fundamental. Mejores lecciones no se pueden ofrecer, no hay advertencias más dignas de atención, por supuesto, pero se les ve el tramojo.

El director del Cicpc debe atender el asunto de la delincuencia juvenil con otro tipo de soluciones. Una crisis que envuelve a la sociedad toda, no puede reducirse a un llamado de atención que se hace a los cabezas de familia.

¿Por qué? Porque trata de reducir la calamitosa situación de inseguridad y violencia a un punto mínimo que debe someterse a parches caseros. Porque la crisis ha traspasado desde hace tiempo el límite de lo que cada quien puede proponer en su domicilio. En el fondo, no hace otra cosa que eludir la responsabilidad que debe ocuparlo y que no debe trasladar a quienes  esencialmente no la tienen.

¿Hay problemas en el seno de las familias? Nadie lo puede negar. ¿Se han perdido valores que antes se sembraban en la casa? No cabe duda. ¿Son  distintos nuestros hijos, más dispuestos a andar de su cuenta y a quebrantar las normas de la convivencia conocida? Así parece.

Pero es evidente que cada domicilio ha sido traspasado por la hecatombe provocada por el régimen en los últimos diecisiete años, capaz de hacer temblar los pilares de los núcleos familiares que antes se manejaban sin mayor sobresalto y solían ofrecer paliativos al descamino de los más jóvenes.

Ahora existe un descamino profundo y diverso, que escapa a la aguja de los remiendos del pasado, de los paños tibios de los tíos y los padrinos. Que no lo advierta así el director del Cicpc es muy preocupante. Debe ser que no tiene dedal para ponerse a coser un agujero cuyo origen empieza y termina en una catástrofe llamada “socialismo del siglo XXI”.