• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Congresos y encerronas

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Cuando el canciller, presidente de la Corporación de Desarrollo de la Cuenca del Río Tuy y vicepresidente político para la Región Central del Partido Socialista Unido de Venezuela, Elías Jaua, declaró a los medios que no importaba quiénes sino cuáles militantes habían sufragado para elegir los delegados al pródigamente publicitado -tanto en la vasta red de medios oficiales como en los independientes- III Congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela, el lector o escucha, medianamente perspicaz, supo que bajo la tolda roja no todo estaba marchando como era debido y deseado por su cúpula dirigente.

Y es que, como se recordará, los prolegómenos y preparativos de esa máxima asamblea estuvieron salpicados por el ventilador de la crítica accionado por Jorge Giordani con el respaldo de otros dirigentes que, a la larga, han pedido cacao para no quedar al margen de un proceso que, en términos prácticos, le garantice su supervivencia política y económica.

Se evidenció escaso interés de una clientela desatendida por lo que podía depararle ese evento, proclamado como magno y que los acontecimientos revelaron como algo menos que frustrante, así como una magra participación de la militancia en la escogencia de su vocería a un encuentro que, a falta de pan programático, asumió que buenas eran tortas ideológicas para glorificar al fundador del partido.

La convocatoria se tradujo en simple acto de respaldo al sucesor, únicamente por la necesidad de legitimarlo (¿un tanto a su favor o un revés para Cabello?) a los ojos de sus cada vez menos seguidores, y no por calzar los puntos para tomar las riendas de un movimiento decadente que, sin el padre fundador en el timón, corre el riesgo de hundirse en un mar de contradicciones.

Como era de esperarse, el congreso tuvo un marcado acento cubano aportado por la presencia vigilante de una delegación enviada por la Castro Brothers para darle lustre a la función, la cual estuvo integrada, de acuerdo con la información suministrada por Granma, diario oficial de allá y de aquí, por el primer vicepresidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, el canciller Bruno Rodríguez y el jefe de Relaciones Internacionales del Partido Comunista de Cuba.

Como también se sospechaba, lo que debía ser escenario para hacer una balance de la gestión de Maduro y debatir los posibles efectos de la amenaza -porque en eso se ha convertido el amago de sacudón postergado que el gobernante de paso dice tener bajo la manga- para profundizar el socialismo y que los analistas coinciden en señalar que es el velado encubrimiento de un inevitable paquetazo, degeneró en ceremonia santificadora para extender certificado de inmortalidad al comandante galáctico, ahora líder perpetuo, e intentar consolidar una leyenda difícil de sostener para contar con un referente en nombre del cual ejercer el poder.

Para rematar su disparatada agenda se hizo coincidir la clausura de las muy poco constructivas jornadas de reflexión con el presentido boato y la inevitable grandilocuencia con que se festejó con cantos de alabanza y la presencia de dignatarios internacionales el sexagésimo aniversario del nacimiento del niño Hugo.

Mientras el gobierno se embriagaba con una mezcla de lacrimosa evocación y júbilo desmedido en esa conmemoración casi profana, los partidos que integran la Mesa de la Unidad Democrática, incluyendo a Voluntad Popular, celebraron una encerrona para superar el estancamiento que los afecta.

Contrasta esta actitud con el hermetismo del PSUV, pues el partido de gobierno se limita a repartir confeti, resignado a constatar que su porvenir está en el pasado; pero, en ambos casos la falta de definición genera tal desasosiego que nos preguntamos sí vivimos todos en el mismo país o en el mismo planeta.