• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Confinado en la isla

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"A partir de hoy los cubanos podrán salir de la isla sin permiso oficial, pero necesitan visas para viajar a casi todos los países del mundo". Muy buena noticia para los habitantes del llamado mar de la felicidad, pero vamos a ver si dejan viajar también al Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, a quien ­por las noticias que publican los principales diarios de América Latina­ nadie accede sin que pase por el filtro del régimen cubano, lo que en la práctica significa un secuestro no sólo informativo sino personal. Se dice y no se cree.

Lo tienen escondido y negado a los millones de venezolanos que votaron por él, a quienes desde los cargos públicos lo siguen y también a los médicos y profesionales de la salud que son chavistas convencidos y se han jugado el cuero en las más difíciles circunstancias. Menudo problema cuando un grupito de extranjeros se apodera de un mandatario y lo encierra en su círculo de secretos al estilo de la vieja Unión Soviética.

Imaginemos por ejemplo que un venezolano muy allegado al Presidente, que aun siendo su familiar o amigo íntimo no comparte sus ideas pero que lo quiere muchísimo, se atreva por su cuenta a acercarse a La Habana para darle humanamente su apoyo y solidaridad a pesar de las diferencias políticas. Pues no podría siquiera pedir información sobre su estado de salud, ni avecinarse a la zona donde está hospitalizado y mucho menos conversar con los médicos y enfermeros del hospital donde el Presidente está sometido a tratamientos.

Pero si ese venezolano estuviera aquí en Caracas o en cualquier capital del interior podría acceder a las instalaciones hospitalarias y, de alguna manera, informarse sobre su amigo. Suena como algo simple pero es, en verdad, la línea rotunda que delimita la libertad democrática de la opresión avasallante de un sistema comunista, en el que sólo los jefes tienen el derecho de estar informados secretamente de todos los detalles sobre la vida de los jerarcas.

Que la cúpula chavista en pleno haya sido convocada a La Habana para analizar y decidir fuera del país nuestro destino político constituye uno de los actos más humillantes de la historia de Venezuela y una patada internacional a nuestra soberanía.

Jamás una potencia como Inglaterra en el transcurso de la Guerra de la Independencia imaginó tal cosa y Simón Bolívar no lo hubiera aceptado nunca. Estados Unidos con todo y su hambre de petróleo en el siglo XX y su necesidad de controlar el Caribe jamás se atrevió a reunir en Washington a la dirigencia venezolana en el poder para darle orientaciones (¿instrucciones?) y teledirigirlos en sus actuaciones futuras. Hemos sido reducidos al trapito de la cocina que se usa luego del banquete.

Y para colmo un regalo: el ex presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva anunció que viajará a fines de enero a La Habana, para "una visita de cortesía". Es decir, que la película parece no haber terminado.