• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Comer con los rojo rojitos

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Diablitos premium y atún de luxe
 
“Pagar los precios del año próximo con el sueldo del año pasado”. Rudimentaria, quizá, pero contundente es esta aproximación del saber popular al concepto de inflación porque nos da una idea de cómo la gente –que come solo puro cuento, de acuerdo con una mancheta de El Nacional– sobrevive a ese perverso mal que, bajo la presente administración, se ha hecho endémico, y batido todos los registros históricos para superar la barrera de los tres dígitos, y amenaza con enrumbarse por el sendero de la hiperinflación para sumirnos en el desespero: una terrible  realidad  que no se puede enfrentar ocultando cifras como, desfachatadamente,  hace el Banco Central de Venezuela.
Ese “impuesto sin legislación” (Milton Friedman, dixit) es un fenómeno mediante el cual, aseguraba Keynes, “los gobiernos pueden confiscar, secreta e inadvertidamente, una parte importante de la riqueza de sus conciudadanos”; pero en la práctica, y de allí las consideraciones teóricas que promueve, se manifiesta mediante la depreciación continuada del dinero y, su correlato, el aumento pertinaz de los precios que implica generalización de la pobreza.
Si, además, va aparejada a la escasez y el desabastecimiento, puede derivar, cual predicen los expertos ha de suceder en nuestra maltratada nación, en una atroz hambruna.
No se necesita ser premio Nobel de economía para darse cuenta de que la enfermedad inflacionaria está causando estragos sin precedentes entre nosotros; comemos sin nutrirnos y ya ni vestirnos podemos: no nos queda otra que andar semidesnudos y someternos al ayuno obligatorio. Productos que formaban parte inevitable de la dieta nacional han devenido en costosos artículos de lujo.
En algunos expendios de alimentos el jamón endiablado presente en la mesa del venezolano desde hace más de siglo y medio, pues formó parte del rancho de algunas de las tropas que guerrearon por la Federación, ha pasado a ser exhibido en los estantes destinados a las delicateses, al igual que el atún que, cuando hay, solo se consigue en su presentación más pequeña y a costos tan obscenos como el que han alcanzado las sardinas que se expenden fileteadas y congeladas, en esas boutiques marinas antes mentadas pescaderías.
Donde en un tiempo (ya remoto)  hubo una variada y accesible selección de quesos, ahora hay una insuficiente oferta de sucedáneos fabricados vaya a usted a saber de qué manera.
 Y no hablemos del papel sanitario, jabones, cosméticos y otros artículos de higiene personal que, si tenemos  la suerte de acceder a ellos, hemos de  pagar como si fuesen adquiridos en una exclusiva tienda de la Rue du
Faubourg Saint-Honoré.
La del Diablitos no es una historia fabulada, sino un hecho cierto que pudimos constatar en los escasos bodegones de Margarita, y que ilustra a qué extremos ha llegado una crisis alimentaria que provoca cotidianas colas, trapatiestas y puñetazos, y corrobora que ––sentencia atribuida a varios economistas de fuste– “la inflación es esencialmente antidemocrática”. –