• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Coleo y justicia

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El honorable Tribunal Supremo, en vista de que en Venezuela la justicia anda de capa caída y necesita un empujoncito que la rehabilite, ha dictado una sentencia antes de irse de vacaciones navideñas en la que se ocupa de un asunto muy importante para el país.

Previendo un peligroso reconocimiento de los toros coleados como patrimonio intangible de la humanidad, los magistrados, con rigor y escrúpulos dignos de mejor causa, han dictado una sentencia cuya significación puede dividir en dos los anales de las ciencias jurídicas en nuestro país.

Nos referimos al pronunciamiento de la Sala Electoral de esa magna corte en relación con el proceso de elección de la junta directiva para el período 2013-2017 de la Asociación Civil Federación Venezolana de Coleo, en el que declara “con lugar” el recurso contencioso electoral ejercido conjuntamente con solicitud de amparo cautelar por el abogado Manuel Santiago Rodríguez.

Este profesional del Derecho, actuando en su propio nombre y con el carácter de “…atleta miembro de la Asociación de Coleo del estado Miranda, y de la Federación Venezolana de Coleo…” logró que la Sala Electoral declarara nulos varios artículos del reglamento del organismo federativo, al tiempo que ordena la realización de nuevos comicios.

Llama la atención que los magistrados se aboquen con tanta diligencia a estudiar y resolver un caso, seguramente trascendente para los coleadores, en especial para el demandante, y que dediquen tiempo y dinero (de los contribuyentes) al mismo, cuando nos tienen acostumbrados con sus decisiones a rechazar de plano todo recurso significativo –y de interés nacional– interpuesto, en materia electoral, por sectores adversos al gobierno.

Esta diligente actuación de la máxima instancia judicial de la República revela que, al parecer, no tienen nada mejor qué hacer, pues resulta que ese heteróclito dictamen no sólo sienta jurisprudencia en la materia, sino que pone en entredicho las elecciones realizadas, y por realizarse, en otras asociaciones deportivas y el comité olímpico y que han recibido, o recibirán, providencias administrativas por parte del Instituto Nacional de Deportes.

La disciplina que una vez despertó el interés del escritor Jorge Luis Borges y motivó su curiosidad al punto de pedir se le llevase a una manga para constatar, él –ciego como era–, si era posible que un hombre derribase a un bovino de buen tamaño, es cuestionada como deporte y censurada por quienes abogan por un trato justo para los animales.

No se entiende entonces que el brazo judicial de un régimen que ha abominado, por ejemplo, de la lidia (privando a Caracas de sus tradicionales citas taurinas en el Nuevo Circo), pero no así de las peleas de gallo, pues a ellas es aficionado el más encumbrado de los legisladores rojitos; no se entiende, decimos, por qué los jueces superiores fingen agarrar el toro por los cachos y prenden velas en ese entierro.